Al ver a Yara, el rostro habitualmente sereno y frío de Darío se suavizó un poco. Sus labios se curvaron en una sonrisa cálida que le dio un aire más relajado y gentil.
Él había crecido con Yara. Tras compartir dieciocho años bajo el mismo techo, el amor y la protección que sentía por ella eran innegables.
—Darío, esta vez estuviste muchísimo tiempo en el extranjero. Supongo que ahora que volviste no te irás tan pronto, ¿verdad? —le preguntó Yara con voz dulce.
Desde que Darío empezó a estudiar medicina, solía hacer viajes de voluntariado constantes, a veces desapareciendo por medio año o más. Antes eso no le importaba mucho a Yara, pero ahora que toda la atención de sus padres estaba centrada en Roxana, necesitaba atraer a Darío a su lado a toda costa.
Darío esbozó una sonrisa.
—Así es. Regresé porque tengo asuntos que resolver. Lo más probable es que me quede en el país por el resto del año.
—¡Qué maravilla! —celebró Yara, dando un pequeño salto.
Darío era el hermano con el que tenía una mejor relación. Con él en casa, no dudaba de que pronto podría revertir su situación. ¡E incluso aprovecharlo para bajarle los humos a Roxana!
De reojo notó que Roxana los observaba y un destello de triunfo cruzó su mirada. Luego, tomó a Darío del brazo y caminaron hacia ella.
—Darío, mira, Roxana ya regresó a casa. Ven, quiero presentártela.
En realidad, desde el momento en que Darío cruzó la puerta, sus ojos ya se habían fijado en la joven protegida por su madre. Aunque Rodrigo Soler ya le había descrito la apariencia de Roxana, verla en persona lo dejó deslumbrado.
El único detalle era que su hermana menor lo miraba con demasiada frialdad, casi como si para ella él no fuera más que un simple desconocido pasando por la calle.
«¿Acaso sigue molesta porque le pedí a Rodrigo que la pusiera a prueba?», pensó Darío.
—Hola, soy Darío, tu hermano. Puedes llamarme por mi nombre, igual que Yara.
Al notar que Roxana seguía mirándolo con la misma frialdad, Darío agregó:
—O puedes decirme hermanito, si prefieres.
Roxana le asintió de forma cortés, pero distante.
—Me llamo Roxana.
Al escuchar que no usó ninguno de los dos apelativos cariñosos, la intuición de Darío le confirmó sus sospechas: definitivamente, seguía enfadada con él.
Como nunca le había gustado andarse con rodeos, fue directo al grano:
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