Pero esta vez Marina no estaba dispuesta a dejarlo pasar.
—La última vez insultó a Roxana llamándola «cualquiera», y me dijiste que era porque estaba angustiada por tu salud. ¡Lo dejé pasar! ¡Y ahora me vienes con la misma excusa!
»Luisa, estos años he sido demasiado condescendiente con ustedes, y eso las ha hecho creer que pueden pasar por encima de mí. Pero escúchame bien: se acabó. Mientras yo esté en esta casa, tú y tu hija no volverán a cruzar por esa puerta, ¡y olvídense de sacar un solo peso de la familia Soler!
Luisa palideció del terror al escucharla, pero el dolor en su boca apenas le permitía articular palabra.
Solo pudo mirar a Rafael con ojos suplicantes.
—Hermano, soy tu única hermana. Tú prometiste que nunca me darías la espalda. Prometiste que, aunque me casara, siempre habría un lugar para mí en esta casa.
»Dijiste que esta era mi familia y que podía volver cuando quisiera. Y ahora tu esposa me está echando. ¿Acaso vas a permitirlo?
Rafael, que apenas se recuperaba del susto de ver la sangre, se aseguró de que Marina estuviera bien antes de soltar un suspiro. Su expresión era sombría.
—Luisa, es verdad que dije esas palabras. Pero también te dije que debías respetar a tu cuñada y tratar con cariño a Roxana, que acaba de regresar a nosotros.
»Roxana es mi hija biológica. Ha sufrido muchísimo estando sola allá afuera todos estos años, y ahora que por fin regresó y la familia está unida de nuevo, ¡no voy a permitir que nadie la humille! Si ni siquiera puedes soportar a tu propia sobrina, entonces es mejor que no vuelvas por aquí.
Luisa se quedó de piedra. Jamás imaginó que el hermano mayor que siempre la había protegido y consentido le diría algo así.
Aunque la familia Llorens era respetada en el ámbito médico de Veridia, no podía competir con el poder económico y la influencia de la familia Soler. Si en la alta sociedad se enteraban de que los Soler le habían dado la espalda, su vida con su familia política se convertiría en un infierno.
¡No! ¡Eso no podía pasar!
Yara, al ver que la situación empeoraba, tomó otra toallita desinfectante y le limpió la comisura de los labios con suavidad.
—Tía, recuerda que estás muy enferma. No te alteres tanto; si empeoras, será terrible para todos.
Al escuchar esa frase, un destello cruzó por los ojos de Luisa.
Al segundo siguiente, su rostro se contorsionó en una mueca de agonía, se llevó las manos al pecho y se desplomó en el suelo.
—¡Mamá!



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