Incluso se sintió un poco nervioso.
—Solo quería preguntarte... ¿quieres que te prepare algo de cenar para mañana?
Roxana se quedó atónita. Jamás se imaginó que llamaría para hacerle una pregunta como esa.
El silencio se instaló entre los dos.
Valeriano apretó suavemente sus pálidos y estilizados dedos y se apresuró a añadir, como si intentara justificarse:
—Es que me preocupa que el procedimiento sea demasiado agotador y no quiero que pases hambre. ¿Te gustaría que la cocina tenga algo listo para ti?
Roxana había curado de venenos y toxinas a muchas personas en el pasado, pero absolutamente nadie se había preocupado por un detalle como ese.
No esperaba que alguien que siempre lucía tan frío e inaccesible tuviera una sensibilidad tan profunda.
Dejó escapar una risita suave.
—Claro. No soy exigente con la comida, preparen lo que sea.
Los ojos de Valeriano se iluminaron de inmediato.
—Pero, ¿qué es lo que más te gusta?
—A mí me...
¡Screech!
¡Clang!
Antes de que Roxana pudiera terminar la frase, Valeriano escuchó un freno estridente a través de la línea.
Y al segundo siguiente, el ruido sordo del teléfono estrellándose contra el suelo y cortando la llamada abruptamente.
Comprendió en una fracción de segundo que algo malo le había ocurrido. Su apuesto rostro perdió el color por completo. Su mano tembló tanto que estuvo a punto de dejar caer el celular.
—¡Leandro!
Valeriano era un caballero de alta sociedad, alguien que nunca alzaba la voz en la empresa. Pero esta vez, gritó el nombre de su asistente con desesperación.
Leandro supo de inmediato que algo andaba terriblemente mal. Entró corriendo a la oficina.
Se topó de lleno con unos ojos helados y carentes de cualquier emoción humana.
—¡Rastrea la ubicación del celular de Roxana Soler de inmediato! ¡Hazlo ya!
Su voz estaba cargada de una sombra asesina y una violencia implacable.
***
Roxana tampoco se esperaba que una Hummer se le cruzara a toda velocidad saliendo de una curva cerrada, obligándola a pisar el freno de golpe.

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