Al ver su repentino cambio de humor, Roxana preguntó con curiosidad:
—¿Y ahora qué pasó?
—¡Ese infeliz de Gaspar Aranda realmente trajo a la Doctora Serena a la subasta! ¡Están juntos en este preciso instante! —gruñó don Abelardo con los dientes apretados.
La mirada de Roxana se volvió gélida.
—¿Le crees? —preguntó con un tono juguetón y ligeramente elevado.
Don Abelardo, cegado por la rabia de que Gaspar se le hubiera adelantado, no notó el sutil sarcasmo en su voz.
—Es casi seguro. Mi informante me confirmó que la mujer que acompaña a Gaspar lleva cruzado un bolso tejido con hierbas medicinales, idéntico al que fue fotografiado por unos periodistas extranjeros hace años, el mismo que usaba la verdadera Doctora Serena.
—¿Y estás dispuesto a creerlo solo por un bolso? —cuestionó Roxana, genuinamente desconcertada.
Aunque admitía que el diseño era peculiar, había perdido ese morral hacía años. Le resultaba absurdo que alguien usara algo tan trivial para confirmar una identidad.
Don Abelardo la miró con reproche.
—No subestimes ese bolso. Está tejido con más de cien tipos de hierbas medicinales. La proporción y el orden de cada ingrediente son un secreto maestro. No solo repele insectos venenosos, sino que, en caso de una mordedura de serpiente, ¡puede salvarte la vida en medio de la nada! En todo el mundo, la única persona que posee algo así es la mismísima Doctora Serena.
Roxana se quedó sin palabras.
¿Tanto misterio por un bolso?
En realidad, ella lo había tejido simplemente para no desperdiciar los restos de unas plantas. Era cierto que repelía mosquitos y servía como antídoto menor, ¡pero estaba muy lejos de ser el milagro sagrado que él describía!
—¿No crees que están exagerando un poco las cosas?
Don Abelardo la miró con una seria advertencia en los ojos.

Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA