Al fijar la vista en el deslumbrante collar, un brillo oscuro de envidia atravesó los ojos de Yara.
Cualquiera podría ignorarlo, pero ella sabía perfectamente lo que era. Era una pieza de alta joyería diseñada por la exclusiva Maison Milán.
No solo costaba una fortuna, sino que era la única pieza de su tipo en todo el mundo.
Durante años ella había ganado primeros lugares e incluso había llegado a las finales de concursos internacionales, y jamás le habían dado un regalo de esa magnitud.
«Está claro», pensó con amargura. «La sangre tira. Siempre seré la hija de sobra».
—¡Yara, mi amor! —Marina, dándose cuenta de que la joven seguía en la puerta, la llamó y sacó otra cajita—. Mamá y papá también te trajeron algo. Me contaron que los exámenes en la universidad estuvieron terribles y muchos reprobaron, pero tú lograste mantenerte en la clase de honor. Estamos muy orgullosos de ti.
—Gracias, mamá —respondió Yara, esbozando una sonrisa dulce al ver que también habían pensado en ella.
Sin embargo, al abrir la caja, su sonrisa se congeló.
Eran unos pendientes de diamantes comunes y corrientes.
Mientras a Roxana le entregaban una obra de arte exclusiva y mundialmente reconocida, a ella le daban una baratija de catálogo.
¡¿Qué se creían, que estaban dándole limosna a una mendiga?!
—Yara, recuerdo que estos pendientes te gustaban muchísimo. ¿Quieres que te los ponga? —preguntó Marina, ajena al tormento interno de su hija.
Rafael asintió con entusiasmo.
—Sí, tu mamá se volvió loca buscándolos porque estaban agotados en Veridia. Tuvo que llamar a la boutique en el extranjero para hacer un pedido especial solo para ti.
Yara tomó una respiración profunda y forzó una sonrisa angelical, pura y delicada.
—Son preciosos, gracias, de verdad. Pero creo que hoy no me los pondré. Los guardaré para una ocasión especial.
Rafael y Marina se miraron, satisfechos. Ver a sus dos hijas tan felices con sus regalos era todo lo que necesitaban.
—Oigan, y... ¿no hay nada para mí? —interrumpió Darío, asomando la cabeza con cara de perrito abandonado.
La sonrisa de Rafael desapareció en un instante.
—¿Y a ti qué bicho te picó? Eres un hombre hecho y derecho, y ganas tu propio dinero. Si quieres algo, ¡vete y cómpratelo tú mismo!

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