Restaurante El Mirador.
Rafael Soler y Marina Montes llegaron directamente al reservado privado que Darío había preparado con antelación.
—Oye, ¿trajiste los regalos que compramos para mi niña? —preguntó Marina apenas se sentaron, clavando la mirada en su marido.
Rafael, con una sonrisa cómplice, sacó de su maletín un estuche exquisitamente envuelto.
—¡Por supuesto, mi amor! ¿Cómo crees que iba a olvidar algo tan importante? Aquí está.
Marina tomó el estuche y lo revisó minuciosamente. Cuando se aseguró de que estaba en perfectas condiciones, soltó un suspiro de alivio.
—Me costó Dios y ayuda conseguir que Maison Milán nos diseñara este juego de joyas. Es una pieza única en el mundo, no podíamos permitirnos ni un rasguño.
Al ver la devoción de su esposa, Rafael no pudo evitar reír suavemente.
—Tranquila, mujer, lo cuidé como oro en paño. Oye, ¿y compraste algo para Yara? Últimamente he notado a la niña un poco sensible, no quiero que piense que la estamos haciendo a un lado.
Marina le lanzó una mirada reprobatoria, pero sonrió.
—Obviamente le traje algo. Te dije que trataríamos a las dos por igual.
—¡Papá, mamá!
La puerta del salón se abrió de golpe y Darío entró con su habitual energía.
Justo detrás de él, venía la hija por la que tanto habían suspirado.
A los padres se les iluminaron los ojos. Sin pensarlo dos veces, se levantaron y caminaron rápidamente hacia ella, con una sonrisa que les iluminaba el rostro.
Darío, al ver la efusividad de sus padres, creyó que iban a abrazarlo, y abrió los brazos de par en par.
Pero, para su sorpresa, ambos lo ignoraron olímpicamente, lo esquivaron y se lanzaron directamente hacia Roxana, envolviéndola en atenciones.
—Ay, mi niña hermosa, te veo más delgada. ¿Acaso no te dan de comer bien en la escuela? —decía Marina, acariciándole el rostro con ternura.
—Sí, estás un poco ojerosa. ¿Te están dejando demasiada tarea? Si estás muy cansada, mejor múdate a la casa de Bahía Delfín. Yo me encargo de contratar a alguien para que te prepare comida decente —añadió Rafael con tono protector.
Roxana nunca había sido el centro de un cariño tan genuino y desinteresado. Su habitual expresión distante se ablandó, dando paso a una pequeña y dulce sonrisa.

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