Leandro lo miró con sospecha.
—No hemos pedido nada. ¿Qué quieres?
—Un invitado del segundo piso me pidió que le entregara esta caja negra.
Leandro notó que el hombre mantenía la mirada fija, sin curiosear por el interior del palco. No parecía un espía.
A pesar de ello, no bajó la guardia.
—¿Qué invitado?
—Lo siento, solo hago los mandados, no lo sé muy bien —respondió el empleado, intuyendo su desconfianza. Enseguida abrió la caja negra—. La persona dijo que entenderían en cuanto vieran las píldoras.
En el interior descansaban dos pequeñas píldoras de color verde pálido.
Al abrirse, liberaron un aroma herbal muy relajante.
Aún con recelo, Leandro tomó la caja.
El empleado se retiró en silencio.
Leandro se giró y vio que el rostro de Valeriano estaba aún más pálido de lo normal. Se frotaba la sien con una mano.
Se apresuró a acercarse.
—Señor Sandoval, ¿le volvió el dolor de cabeza?
Desde que el señor Sandoval despertó del coma, se había vuelto muy sensible a los olores.
Un ambiente cerrado o saturado de aromas le provocaba fuertes jaquecas.
Como su asistente personal, Leandro se aseguraba de ventilar siempre la sala de reuniones o de colocar fruta fresca para neutralizar cualquier tufo antes de que su jefe entrara.
El salón de subastas era amplio, sí, pero con tantas personas juntas y el exceso de perfume de las mujeres, el aire estaba insoportablemente denso.
A Valeriano, en efecto, le latía la cabeza. Sin embargo, en el instante en que Leandro se acercó, lo acompañó aquel tenue aroma a hierbas.
Con solo respirarlo, el malestar disminuyó.
Dejó de frotarse la frente y fijó sus ojos, profundos como la noche, en la caja negra.
—Estoy bien. ¿Qué nos enviaron?


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