Julián se acercó caminando con paso relajado.
Parecía inofensivo, pero nadie allí cometía el error de subestimarlo.
Al escuchar su voz, la actitud prepotente del hombre grasiento se esfumó.
—Jefe... jefe Julián. Todo es un malentendido, yo solo...
—Shh.
Julián levantó un dedo, silenciándolo.
Observó a Roxana con atención para asegurarse de que estaba bien, y luego volvió a mirar al hombre.—Tienes mal aliento, y ya me estás mareando. Te daré dos opciones: o te largas por las buenas, o te echo yo mismo a patadas.
Su tono era extremadamente amable, e incluso mantenía una leve sonrisa.
Todos los que operaban en la Región de los Tres Oros sabían que Julián era un Tigre Sonriente; mientras más sonreía, más furioso estaba.
El hombre maldijo su suerte. Se había equivocado al pensar que a la chica la habían echado.
Viendo la actitud de Julián, quedaba claro que ella solo había salido a dar una vuelta.
—¡No se enoje, jefe Julián! ¡Me... me voy de inmediato! —se apresuró a decir.
A pesar de sus palabras, quedar en ridículo frente a todos era una humillación enorme. Quiso arrastrar con él a la mujer que había causado su desgracia.
Levantó la mano y señaló a Roxana.
—Pero no es toda mi culpa, ¡ella me provocó primero! Si no fuera así, ¡jamás me habría atrevido!
Sin esperar a ver si alguien le creía, salió huyendo con sus hombres, con la cola entre las patas.
Julián observó cómo se alejaba, y la sonrisa en su rostro se volvió más helada.
Sus subordinados, al ver esa expresión, rezaron internamente por el alma del idiota.
Cuando el jefe ponía esa cara, la sentencia estaba echada. ¡Ni Dios lo salvaría!
A Roxana todo eso la tenía sin cuidado. Se dio la vuelta para subir las escaleras, pero, de reojo, notó a dos hombres en la penumbra: uno de pie y el otro sentado.
Aunque Valeriano estaba cubierto por las sombras, ese porte majestuoso y dominante que emanaba de él hizo que lo reconociera al instante.
Sin embargo, no se detuvo y siguió su camino hacia el segundo piso.
Julián se apresuró a seguirla.
Antes de darse la vuelta, echó un vistazo a la dirección que ella había estado observando.
Vio a los dos hombres, pero la poca iluminación le impidió distinguir sus rostros.
Sabía que su jefa no le prestaba atención a personas insignificantes.
Si los había mirado, era por algo.
Intrigado, no pudo contener la pregunta apenas entraron al palco.
—Jefa, ¿conoces a los tipos de la esquina?
Roxana se sentó, cruzó las piernas con elegancia y tomó su teléfono móvil. Sin levantar la vista, contestó con naturalidad:
—Sí, los conozco. Son el Heredero Sandoval y su asistente.
Los ojos de Julián se abrieron de par en par, incrédulo.
Ya se le había hecho raro ver a alguien sentado en un lugar donde no había sillas.
¡Con que estaba en silla de ruedas!
—¿Acaso el Heredero Sandoval no seguía enfermo? ¿Qué diablos hace en la Región de los Tres Oros? ¿Acaso ya no quiere vivir?
La Región de los Tres Oros no era Puerto Esperanza. Aquí solo hablaban los puños, no existían las reglas.
¡Venir aquí en ese estado era un suicidio!
Roxana lo miró con calma.
—¿De verdad crees que es lo bastante estúpido como para venir aquí a morir?
—Por supuesto que no —respondió Julián sin dudarlo.


VERIFYCAPTCHA_LABEL
Comentarios
Los comentarios de los lectores sobre la novela: LA DESECHADA MANDA