Al sentir la intensa mirada de la anciana, Roxana levantó el rostro y sus ojos se encontraron con los de ella.
La edad de la Matriarca Beatriz era similar a la de Don Abelardo, pero el aura que desprendían era completamente distinta.
Mientras que la mirada del viejo académico era afilada e imponente, los ojos de la Matriarca estaban llenos de una calidez reconfortante; era evidente que la vida la había tratado con la elegancia que solo dan el poder y el amor familiar.
Aunque la vida de Doña Beatriz había sido próspera, no era ninguna flor de invernadero. Un solo vistazo le bastó para ver en los ojos de Roxana una frialdad y una resiliencia muy superiores a las de cualquier chica de su edad.
Esa niña, sin duda, había tragado mucho veneno en la vida.
Sintiendo una punzada de ternura en el corazón, la llamó con la mano:
—Pequeña, ven aquí.
Al ver que la mujer más importante de la noche ignoraba a todos para llamar a Roxana, los tres miembros de la familia Maldonado palidecieron de envidia.
Especialmente Alcira.
Se había pasado horas arreglándose, usando el vestido y el maquillaje más costosos que pudo encontrar, y aun así, Roxana, vestida de manera tan sencilla, le robaba toda la atención.
¡Quería gritar de rabia!
Roxana no detectó ni una pizca de malicia en los ojos de la anciana, así que caminó hacia ella.
—Doña Beatriz.
Al escuchar el formalismo, la Matriarca la corrigió de inmediato con una sonrisa:
—¡Dime abuela Beatriz!
Roxana parpadeó, un poco confundida, pero obedeció:
—Abuela Beatriz.
—¡Ay, qué niña tan linda! —exclamó Doña Beatriz, tomando su mano entre las suyas y apretándola con cariño.
Cuanto más la miraba de cerca, más le fascinaba. Cada movimiento de la joven era digno, sereno, sin rastro de esa cobardía o afectación dramática que solían tener las chicas de su edad.
«¡Nada mal, esta vez mi nieto tuvo un ojo clínico impecable!»
Verónica, que había escuchado perfectamente cómo la familia Maldonado acosaba a la chica, abrió la boca, dispuesta a intervenir.
—¡Ejem, ejem!
Volteó asustada y vio a su hijo Valeriano, tapándose la boca con el puño mientras tosía y negaba levemente con la cabeza.

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