—¿Escuché mal? ¿Cómo puede una madre hablarle con tanta crueldad a su hija adoptiva?
—Yo también lo escuché clarito. ¿No se la pasaban diciendo que la amaban como si fuera de su propia sangre? ¡Qué madre llama a su hija 'mocosa insolente'!
—Exacto. La forma en que la señora Elena gritó no sonaba a una rabieta del momento. ¡Parecía que le estaba ladrando a su peor enemigo!
—Vaya, las apariencias engañan. ¡Estuve a punto de creerme el teatrito del señor Maldonado!
Las mismas personas que minutos antes tachaban a Roxana de malagradecida, ahora apuntaban sus dardos contra el matrimonio Maldonado, convencidos de que todo era una enorme farsa.
Ricardo, que sentía que tenía la victoria en el bolsillo, vio cómo su estúpida esposa destruía todo con un solo grito. ¡Tenía unas ganas inmensas de cruzarle la cara de una bofetada ahí mismo!
Al darse cuenta de su error fatal, Elena trató de remendarlo torpemente.
—No... no me malinterpreten. Es que me sacó de mis casillas, yo... no quería insultarla. Además, ni siquiera es un insulto, todo padre pierde la paciencia cuando los hijos son rebeldes, ¿verdad?
Si hubiera dicho eso antes, tal vez alguien le habría creído.
Pero a esas alturas, solo un imbécil se tragaría ese cuento.
—Señora Elena, si fue un accidente, entonces pídale disculpas a la muchacha. Ella tiene razón: desde el momento en que se separaron, ustedes perdieron el derecho a opinar sobre su vida.
—Totalmente. La chica no les rogó para que la devolvieran a su vida de lujos, está trabajando duro para salir adelante sola. Eso demuestra que no es una oportunista.
—Si de verdad les importa tanto su bienestar, ¿por qué no le dan un buen puesto en la empresa de ustedes? Con ese carácter tan firme, seguro les haría ganar millones.
La multitud bombardeó al matrimonio con críticas y sarcasmos, dejando los rostros de Ricardo y Elena de un pálido enfermizo.
Alcira, que ni siquiera tenía un puesto en la empresa familiar, sintió pánico de que su padre se ablandara ante la presión. Decidió usar una estrategia para acorralarlos a todos.
—Papá, es cierto que mi hermana la está pasando mal. Aunque no tiene un título universitario y carece de estudios, no podemos dejarla a su suerte. ¿Por qué no le damos un puesto administrativo de bajo perfil para que al menos tenga un ingreso estable?
Con esa frase, Alcira le inyectó dos dosis de veneno al orgullo de Roxana.



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