Al segundo siguiente, Don Abelardo salió de detrás de la mesa y señaló a Marco con el dedo tembloroso por la rabia, como si estuviera a punto de darle una bofetada.
—¡Tienes agallas para robar la composición original de mi Pequeña y hacerla pasar como tuya! ¡Qué descaro!
—¡¿Qué?!
Todos en la sala quedaron en completo estado de shock.
El primer piso también se convirtió en un manicomio de voces.
—¿Escuché bien? ¿Qué dijo el rector? ¿Que lo escribió su Pequeña?
—Que yo sepa, el rector solo tiene hijos y nietos varones. ¿De dónde sacó a una niña?
—«Mi Pequeña»... Suena súper cariñoso. ¿Quién será la suertuda que se ganó ese trato del rector?
Caleb fue el único que no pudo quedarse sentado y se levantó de un salto.
Nadie más sabía quién era esa «Pequeña», pero él sí lo sabía.
¡Esa muchacha no solo había arrasado con un montón de premios musicales internacionales siendo tan joven, sino que fue la primera en dar un concierto en el majestuoso Gran Salón de Platino!
¡Era una genio en toda la extensión de la palabra!
Lamentablemente, su tío abuelo la tenía tan oculta que, hasta el día de hoy, Caleb no había tenido el placer de conocerla.
Cuando Yara escuchó la frase «mi Pequeña», sintió que se le cortaba la respiración.
Inconscientemente, su mirada voló hacia Roxana.
Hasta ahora, Roxana era la única persona que había logrado que el rector la tratara con amabilidad desde el primer día.
Pero al razonarlo, lo descartó por completo.
Roxana no era más que la hija adoptiva de una familia insignificante de Puerto Esperanza. A duras penas había terminado un título técnico. Con ese nivel y esa educación, era absurdo pensar que pudiera tener contacto con una figura de alcance nacional como Don Abelardo.

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