C94: VERDAD INESPERADA
El vapor llenaba el baño cuando Mariam hizo la pregunta.
—¿Irás a verla, Zayd? ¿Irás a acostarte con ella?
Lo dijo en voz baja, mirando el agua que caía, sin girarse.
Pero la pregunta pesaba más de lo que aparentaba y los dos lo sabían.
Zayd se quedó quieto un segundo.
Por dentro peleó consigo mismo con una rapidez que no se notó afuera. Podía no decirle nada. Protegerla de esa información, mantenerla fuera de algo que no necesitaba cargar. Pero callarse ahora sería exactamente lo que ella esperaba de él, exactamente lo que siempre había sido entre los dos: distancia, silencio, suposiciones que llenaban los espacios vacíos con las peores interpretaciones posibles.
Y no iba a hacer eso.
—No —dijo.
Mariam se giró hacia él despacio.
—¿No qué?
—No voy a acostarme con ella. —Se acercó y le acunó la cara con las dos manos, mirándola de frente—. Hay algo que no sabes, algo que nadie sabe. —Hizo una pausa—. Habibi. (amor)
El corazón de Mariam golpeó fuerte, le puso las manos sobre las de él sin pensarlo, sosteniéndolas contra su cara.
—¿Qué es, Zayd?
Él tardó un segundo más. No por cobardía, sino porque era la primera vez que lo iba a decir en voz alta.
—Lo que ocurre con Jade en sus noches... no soy yo quien las cumple.
Mariam frunció el ceño.
—¿Qué...?
—Es Tariq. —Lo dijo directo, sin adorno—. Mi guardaespaldas.
El silencio que siguió fue absoluto.
Mariam lo miró fijo, procesando las palabras una por una, buscando el malentendido, buscando la interpretación que cambiara lo que acababa de escuchar y no la encontró.
—Tú... tú…
—Cuando ella me exigió que le cumpliera —Zayd no apartó los ojos de los de ella—. Yo no podía traicionarte, Mariam. Desde que tú te convertiste en mi segunda esposa, no pude hacerlo. —Sus pulgares se movieron despacio sobre sus mejillas—. Y no lo he hecho desde hace un año.
Mariam abrió la boca y la cerró.
—¿Un año? —susurró.
—Un año.
Ella lo miró como si lo estuviera viendo por primera vez.
No al jeque, no al hombre que la había encerrado, no al hombre que la había arrastrado desde Estados Unidos a Riad.
Lo miró a él. Al hombre real que estaba debajo de todo eso.
—Desde que te vi en esa clínica, no he podido desear a nadie más. —Lo dijo despacio, con una honestidad que le salía del alma—. Ni siquiera a la mujer que se supone que debería desear.
El suelo se movió bajo los pies de Mariam.
Todo lo que había asumido, todo lo que había construido en su cabeza se desarmó en ese momento sin hacer ruido.
—Pero ella no lo sabe —continuó Zayd—. Y si se entera, usará eso contra mí, contra nosotros. —Sus ojos no parpadearon—. Es mi única debilidad. Aparte de ti. Rouhi. (Mi alma.)
Los ojos de Mariam se llenaron.
No lloró, pero los tuvo rojos y brillantes y no hizo nada por ocultarlo. Sentía el pecho apretado de una forma que no era dolor y lo abrazó.
Sin decir nada primero, solo lo rodeó con los brazos y lo apretó contra ella, con la cara contra su cuello, y él respondió cerrando los brazos a su alrededor.
Entonces Mariam habló contra su piel.
—Entonces somos dos con debilidades.
Se apartó lo suficiente para mirarle la cara.
—Déjalo ahí.
—Se va a enfriar, mi señora, si quiere yo puedo…
—¡Que lo deje ahí y ya! —La voz de Jade cortó el aire de la habitación—. Lo beberé cuando me dé la gana. Sal.
Hala dio un paso atrás con los ojos bajos.
—Perdone, mi señora, yo solo…
—¡Fuera! —Jade señaló la puerta sin mirarla.
La sirvienta recogió lo que le quedaba de compostura y salió cerrando la puerta con cuidado.
Una vez que se quedó sola de nuevo, siguió caminando.
La rabia era manejable.
Lo que no era manejable era lo otro, esa pregunta que llevaba semanas instalada en algún lugar que no sabía cómo nombrar.
Zayd venía. Cumplía. Se iba.
Y ella siempre amanecía sola, con las sábanas frías del lado de él y ningún recuerdo claro de la noche anterior, solo una sensación borrosa, como ver algo a través de vidrio empañado.
«¿Por qué no recuerdo nada?»
Se detuvo en el centro de la habitación.
«¿Por qué nunca recuerdo cómo es estar con él?»
La puerta se abrió.
Zayd entró con una bata de seda oscura y los pies descalzos sobre el mármol.
Jade lo miró de arriba abajo, luego lo miró a los ojos.
—Hoy no apagas la luz —dijo con una frialdad perfecta—. Quiero verte.

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