C90- QUEDARTE AQUÍ ES UN SUICIDIO
Yasmine le había dicho a su madre que iba a reunirse con el equipo legal de Hazem para revisar los términos del contrato matrimonial.
Su madre casi se había desmayado de la emoción.
Casarse con un Al-Rashid. Un Al-Rashid de sangre directa, con apellido limpio y dinero real. Era la respuesta a dos años de rezos nocturnos y deudas que no cerraban. Yasmine la había visto sonreír de esa forma que no le había visto en meses y había tenido que morderse la lengua para no decirle la verdad.
Todavía le quedaban cuarenta horas de las cuarenta y ocho que Hazem le había dado y planeaba usarlas.
El taller mecánico estaba en el distrito de Al-Sulay, una zona de trabajadores donde los edificios eran bajos y los letreros estaban desgastados y nadie miraba a nadie más de lo necesario. Yasmine bajó del taxi a dos calles de distancia y caminó el resto. Llevaba una abaya vieja que había sacado del fondo del armario, la tela desgastada en los bordes, sin bordados ni marca visible. El niqab le cubría la nariz y la boca. Tenía que pasar desapercibida y lo sabía, aunque cada paso sobre ese asfalto irregular le recordaba que no había pisado un lugar así en su vida.
El taller tenía una puerta de metal corrediza medio abierta.
Yasmine se detuvo en la entrada y observó el interior. Grasa en el suelo, dos autos levantados sobre gatos hidráulicos, una lámpara colgando del techo con la luz parpadeando.
—¿Kareem? —llamó en voz baja.
Nada.
Esperó cinco segundos.
—¿Kareem?
Solo hubo silencio.
«Si este hombre me hizo venir hasta aquí para nada, juro por lo más sagrado que…»
Apretó los dientes.
«Maldito americano» Luego levantó los ojos al techo. «Perdón, Alá. Perdón.»
—¿Señorita?
Kareem apareció desde detrás de uno de los autos con las manos manchadas de aceite y los ojos de alguien que no había dormido.
Yasmine soltó el aire.
—Gracias, Alá —murmuró.
—Venga, señorita. Por aquí.
La llevó hacia el fondo del taller, por un pasillo estrecho que olía a grasa de motor y metal caliente. El calor era denso. Yasmine respiró por la boca y siguió caminando, hasta que Kareem se detuvo frente a una puerta de hierro, la empujó y se hizo a un lado.
Yasmine entró y se paró en seco.
Baron Whitmore estaba de pie en el centro de una trastienda con cajas apiladas hasta el techo y una sola bombilla encendida. Llevaba un thobe blanco que claramente no era suyo, le quedaba corto en los tobillos y ancho en los hombros, y tenía el aspecto de un hombre que había dormido en el suelo.
Yasmine recorrió su figura de arriba abajo.
—Dios mío —dijo despacio—. El millonario americano disfrazado de extra de película de mercado. —Inclinó la cabeza—. ¿Sabes que esa tela vale menos que tus calcetines de costumbre?
—Los dejo solos —dijo Kareem, y cerró la puerta de hierro antes de que alguien pudiera responderle.
El sonido metálico resonó en la trastienda.
Yasmine se cruzó de brazos, con la sonrisa todavía en la cara pero los ojos fríos.
—Debiste haber abordado ese avión, Baron. —Lo dijo sin rodeos—. Tenías la salida perfecta y decidiste quedarte jugando al héroe. Y ahora yo estoy aquí, en un taller mecánico que huele a motor quemado, arriesgando lo poco que me queda, por tu terquedad.
Baron apretó los dientes y fue al grano.
—Necesito que le lleves un teléfono a Mariam.
—A veces el amor no es correspondido —dijo en voz baja—. Y uno tiene que aprender a vivir con eso de todas formas. Seguir adelante aunque duela. Aunque no tenga ningún sentido. —Lo dijo observándolo a él, pero las palabras las estaba diciendo por ella misma.
Baron frunció el ceño.
—¿A ti también te están obligando a estar con alguien que no quieres?
Yasmine se quedó quieta.
Pensó en Hazem. En su oficina, en el iPad, en las cuarenta horas que le quedaban.
—No —dijo.
—Entonces no puedes entender lo que siente Mariam. Ella no quiere estar con Zayd. Si así fuera, no lo hubiera dejado hace dos años.
Yasmine soltó una carcajada corta y amarga.
—Tú eres el que no entiende, americano. —Negó con la cabeza—. Mi amiga ha amado a Zayd desde mucho antes de que tú aparecieras. Solo quiso huir de ese amor. Pero Alá y el destino la trajeron de vuelta. —Clavó los ojos en él—. Y si eres inteligente, lo aceptarías como un caballero y desistirías.
—No. —Baron apretó las manos—. Ella…
—Te voy a ayudar por última vez.
Baron se detuvo y la escuchó.
—Voy a ayudarte a salir por la frontera norte. Tengo un contacto que puede llevarte hasta Jordania sin que nadie haga preguntas. —Sus ojos no parpadearon—. Pero de ninguna manera voy a ponerte en contacto con Mariam. Eso solo empeoraría las cosas para ella.
El brillo que había aparecido en los ojos de Baron se apagó de golpe, abrió la boca para responder.
Pero la puerta de hierro se abrió de golpe y Kareem entró con la cara blanca como el yeso.
—Señorita. —Su voz era un hilo—. Hay una patrulla afuera. Se detuvieron frente al taller, están pidiendo identificaciones.

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