C84- LLEVÁS MI MARCA
Zayd se quedó completamente quieto dentro de ella, enterrado hasta la mitad en esa estrechez virgen que lo apretaba como un guante caliente y pulsante. Mariam cerró los ojos con fuerza. Las lágrimas se acumularon en sus pestañas y luego cayeron lentamente por las comisuras de sus ojos, deslizándose por sus sienes hasta perderse entre los mechones oscuros de su cabello desordenado.
—Zayd… —susurró con la voz quebrada, casi inaudible—. Aunque me fui a Estados Unidos… aunque me repetía cada noche que debía odiarte, que debía olvidarte… nunca me entregué a nadie. A nadie. Ni siquiera lo consideré. Eras tú… siempre fuiste tú el único que deseaba, aunque luchara contra eso con todas mis fuerzas.
Las palabras golpearon a Zayd como un cuchillo directo al pecho.
Él, que había pasado semanas consumido por los celos más oscuros, que había aceptado con rabia ciega las mentiras que ella le había arrojado en un momento de dolor:
«Baron es mejor que tú… Han sido muchos».
Sintió cómo una furia ardiente lo inundaba.
Pero esa rabia no iba dirigida a Mariam. Iba dirigida a sí mismo. A su propia estupidez, a su arrogancia de jeque que había preferido creer lo peor de ella en lugar de ver la verdad en sus ojos.
Un gruñido bajo y doloroso escapó de su garganta.
Sus músculos se tensaron visiblemente y se inclinó sobre ella con una ternura que contrastaba brutalmente con la dureza de minutos atrás. Besó suavemente cada lágrima que caía por sus sienes, saboreando la sal en su lengua mientras seguía enterrado profundamente en su calor.
—Ya hayati… (Vida mía…) —murmuró—. No merezco esto. No merezco ser el primero en tu cuerpo… pero por Alá que ahora que lo soy, te juro que seré el último. Nadie más volverá a existir para ti.
Mariam abrió lentamente los ojos y lo miró.
En ese preciso instante, algo dentro de ella se rindió por completo. Todo el miedo, toda la resistencia, se disolvió como arena bajo la lluvia. Levantó las manos temblorosas, tomó el rostro fuerte y anguloso de Zayd entre sus palmas y lo besó.
El beso comenzó suave, lento, casi reverente.
Sus labios se rozaron con delicadeza antes de que sus lenguas se encontraran, acariciándose con pereza, explorándose en un baile húmedo y profundo. La saliva se mezclaba, los gemidos suaves de Mariam vibraban contra la boca de él y Zayd respondió con igual intensidad contenida, saboreándola como si fuera el último aliento que le quedaba en el mundo.
Sin separar sus bocas, él comenzó a moverse.
Le dio estocadas lentas, profundas, controladas, sintiendo cada centímetro de su miembro siendo masajeado por las paredes estrechas y calientes de Mariam. Sus músculos de la espalda se contraían con fuerza bajo la piel tatuada, los bíceps marcados por el esfuerzo de contener su verdadera necesidad animal.
Quería follársela salvajemente, como había fantaseado tantas noches solitarias en las que se encerraba en esta misma habitación, se agarraba su miembro duro y se masturbaba pensando en ella, corriéndose con su nombre en los labios.
Pero ella era virgen, así que tenía que ser cuidadoso.
Mariam sintió cómo el dolor inicial, esa sensación de estiramiento incómodo, comenzaba a transformarse en un placer denso y caliente que se extendía desde su centro hacia sus pechos, sus muslos, incluso sus dedos de los pies. Y mientras él entraba y salía con suavidad, sus manos se aferraron a los hombros de Zayd, clavando las uñas suavemente.
—Ah… —soltó un gemido bajo, casi tímido, lleno de sorpresa y rendición.
Al escucharla, Zayd apretó los dientes, luchaba por controlarse, pero sus manos grandes bajaron hasta los muslos suaves de Mariam y los sujetaron con una fuerza posesiva, clavando los dedos en la carne mientras empujaba más profundo, sintiendo cómo su coño lo succionaba con cada embestida, palpitando dentro de ella, rozando cada terminación nerviosa.
—Eres tan estrecha… tan perfecta… —gruñó contra su cuello, mordiendo suavemente la piel—. Me estás volviendo loco, Mariam.
Ella arqueó la espalda, entregándose más.
El placer crecía con cada movimiento firme de sus caderas, haciendo que sus gemidos suaves y elegantes se volvieran desesperados.
—Zayd… se siente… tan profundo… —susurró con voz entrecortada, casi avergonzada de su propia excitación—. Yo…
Él levantó la mirada y vio el rostro de Mariam: ojos vidriosos, labios entreabiertos, mejillas sonrojadas. Ella estaba completamente perdida en el éxtasis.
Eso rompió lo poco que quedaba de su autocontrol. Y con voz ronca, casi suplicante, acercó sus labios a su oído.
—Habibati… quli li annaki bikhir, quli li annahu la yu’limuki ba’da al’ān… wa anni astaṭī‘u an ākhudhuki biquwwatin kama kuntu ahlamu kulla layla… (Amor mío… dime que ya estás bien, dime que ya no te duele… y que puedo follarte como he estado deseando cada noche…)
—Ahh… Alá…
Mariam lo rodeó con las piernas, aferrándose a su cuello y sus ojos se encontraron en una mirada intensa.
—Zayd… voy a… —gimió suavemente, casi avergonzada—. Siento que me deshago…
—Córrete para mí, habibati —ordenó él con voz oscura y ronca.
Y con esa orden, el orgasmo la golpeó con fuerza.
Mariam arqueó la espalda, soltando un gemido largo mientras su cuerpo se contraía violentamente alrededor del miembro de Zayd, ordeñándolo con espasmos intensos.
Las olas de placer la recorrieron una y otra vez.
Zayd no pudo más.
Sintió su propio orgasmo subir como una tormenta y con un rugido gutural, se enterró hasta el fondo y se corrió con violencia. Chorros calientes, espesos y abundantes de su semen llenaron a Mariam por completo, marcándola por dentro de una forma primitiva y eterna. Pero él siguió empujando suavemente mientras se vaciaba, prolongando el placer de ambos, como si quisiera que su esencia llegara hasta lo más profundo de su útero.
Para Zayd, ese momento fue catártico.
Porque llenarla con su semen era más que placer físico: era una marca perpetua. La reclamación final de que ella le pertenecía por completo.
Mariam tuvo un segundo orgasmo más suave, más profundo, gimiendo su nombre contra su cuello sudoroso mientras sentía el calor de su liberación inundándola. Finalmente, él se derrumbó sobre ella con cuidado, aún enterrado profundamente en su interior, abrazándola con fuerza posesiva.
Sus respiraciones agitadas se mezclaban y él besó su frente húmeda, sus mejillas, sus labios hinchados por los besos.
—Ahora sí… ya no hay vuelta atrás —aseguró posesivo—. Llevas mi marca por dentro, Mariam… y la llevarás siempre.

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