C78– NO ME IRÉ DE ESTE HOTEL SIN TI
Baron la soltó despacio y la miró a la cara.
La recorrió entera con los ojos, de la misma manera en que lo hacía cuando necesitaba confirmar algo con sus propios ojos y no con las palabras de nadie más, luego soltó el aire.
—Gracias a Dios estás bien. —Lo dijo en voz baja, con un alivio que era completamente real—. Llevaba días sin dormir, Mariam.
Ella sonrió. Pero fue una sonrisa triste, de las que duelen más que el llanto y le puso la mano en la mejilla y él cerró los ojos un segundo al contacto.
—Estoy bien —dijo ella.
Baron abrió los ojos y sonrió también.
Luego tomó aire y su voz recuperó esa energía suya de hombre que tiene un plan y confía en él.
—Todo está listo. Los autos de la embajada están coordinados, salen en cuanto bajemos. El jet tiene el plan de vuelo activo, en media hora estamos fuera del espacio aéreo saudí y...
Mariam negó con la cabeza y Baron dejó de hablar.
El silencio entre los dos duró lo que ella tardó en reunir todo lo que tenía.
—No me voy, Baron.
Él la miró fijo.
—Me quedo. —Tragó—. Me quedo aquí. Con Zayd. En el palacio.
La cara de Baron cambió de golpe. Negó, una vez, con una sacudida brusca de cabeza.
—No. —Lo dijo como si la palabra sola pudiera revertir lo que acababa de escuchar—. No, Mariam, tienes que volver conmigo. Tienes que...
—Lo amo, Baron.
Él se detuvo y Mariam retrocedió un paso, mirándolo directo, con los ojos brillantes y la voz firme a pesar de todo.
—Sé que fue impulsivo llamarte. Sé que te hice venir hasta aquí y que eso no estuvo bien. Pero no puedo seguir mintiéndome. —Se le quebró la voz y siguió de todas formas—. Lo amo. Llevo años amándolo, Baron, mientras lo odiaba, mientras planeaba irme, mientras te llamaba a ti. Siempre fue él. Y ese bebé que llevo adentro merece que yo deje de huir de lo único que es verdad.
Mariam sintió el frío bajarle por la espalda de golpe, instalarse en el estómago y paralizarle las manos. Su cabeza procesó las palabras en orden: camionetas, Zayd, subiendo, y cada una fue peor que la anterior.
Se giró hacia Baron.
—Vete. —Lo dijo con una urgencia que ya no tenía nada de súplica—. ¡Vete ahora mismo! Por la escalera de servicio, por donde sea, pero vete.
Baron no se movió.
Tenía los puños cerrados a los costados y los ojos fijos en ella con una determinación que Mariam conocía demasiado bien y que en ese momento le heló la sangre.
—No le tengo miedo a ese árabe, Mariam.
—Baron...
—Me quedo. —Lo dijo despacio y con calma—. Si quiere hablar, hablamos. Me planta cara y le digo exactamente por qué vine. No me iré de este hotel sin ti. No voy a dejarte aquí.
Mariam lo miró y en ese segundo supo que el tiempo se había acabado.

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