C76- LAS AMIGAS DE TU ESPOSA.
El teléfono de Zayd vibró sobre el escritorio cuando todavía tenía los documentos del consejo abiertos frente a él.
Vio el nombre en la pantalla y contestó.
—Hazem. Ahlan wa sahlan (bienvenido).
Del otro lado, la voz de su primo llegó con ese tono suyo de siempre, medio relajado, medio calculado. Hazem quien estaba en el salón privado del Club Al-Faisaliah, donde los hombres de su círculo se reunían por las mañanas a tomar café árabe y hablar de lo que no se hablaba en las reuniones formales.
Zayd podía escuchar el sonido de fondo, las voces bajas y las tazas de cardamomo.
—Wa ahlan (bienvenido también), primo. —Hazem hizo una pausa breve—. Sé que estás ocupado con el consejo, pero no quería dejarlo pasar.
Zayd alzó una ceja interesado.
—¿Qué cosa?
—Deberías vigilar más de cerca a las amigas de tu esposa.
Al escuchar eso, Zayd se acomodó en la silla despacio.
—Habla.
—Ayer me crucé con Yasmine en el Four Seasons. Salía de la zona de suites privadas. Muy nerviosa por cierto—Hazem hizo otra pausa—. Y hoy escuché decir que su auto acaba de salir de tu palacio de forma extraña.
El silencio de Zayd duró tres segundos exactos.
Hazem era un Al-Rashid.
Tenía ojos en cada esquina de Riad porque así funcionaba la familia, porque así habían funcionado siempre, una red de información que no necesitaba ser organizada para ser efectiva. Y si Hazem decía que algo era extraño, era porque algo era extraño.
—¿A qué hora salió el auto?
—Hace menos de veinte minutos.
Zayd se puso de pie.
—Ven a la empresa. —Lo dijo con una calma que no tenía nada de tranquila—. Ahora.
Colgó antes de que Hazem respondiera.
Se quedó de pie detrás del escritorio con el teléfono en la mano y la cabeza conectando los puntos en silencio.
Agitado, Zayd se pasó la mano por la mandíbula, una vez, dos.
Pero nada bajaba lo que sentía.
No era solo la furia.
Era lo que había debajo de la furia, ese conocimiento frío y brutal que se instaló en su pecho en cuanto el guardia dijo la habitación está vacía.
Mariam se estaba yendo. O lo intentaba.
Y él había estado planeando un viaje con ella, mientras ella cruzaba las puertas de su palacio. Sin dudar, marcó al director de seguridad personal.
—Activa el rastreo satelital del GPS del auto de Yasmine Al Khoury. —Su voz era plana, controlada, más peligrosa así que con el rugido de antes—. Y moviliza tres camionetas. Armadas. Quiero ubicación en tiempo real en mi teléfono en los próximos dos minutos.
—Entendido, señor.
—Yo voy adelante.
Colgó, recogió el ghutra (pañuelo tradicional árabe para la cabeza) del respaldo de la silla y salió de la oficina con el paso de un hombre que no tiene intención de que nadie se le ponga delante.

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