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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 50

C50-PREPARATIVOS.

Yasmine Al-Khoury había crecido entre París y Tabuk.

Eso la había convertido en una criatura de dos mundos que no terminaba de pertenecer del todo a ninguno y que había decidido, en algún punto de su adolescencia, que eso era exactamente su mayor ventaja.

Tenía la elegancia francesa y la raíz árabe, la lengua afilada de quien ha aprendido a sobrevivir en salones donde nadie te regala nada y el corazón de oro de quien, debajo de todo ese barniz, sigue siendo la niña que compartía dátiles con Mariam en el patio de la guardería.

Llevaban veintidós años siendo amigas.

Y en veintidós años, Yasmine había perfeccionado un talento específico que nadie más en el mundo tenía: hacer reír a Mariam cuando Mariam no quería reírse. Y lo más importante, pensaba igual que Mariam.

El corazón es para una sola persona.

Lo decía en París, lo decía en Tabuk, lo decía en árabe y en francés con la misma convicción, y esa era la razón por la que Mariam podía abrirle el pecho sin miedo a que lo que saliera fuera usado en su contra.

Cuando Amira mencionó su nombre, algo en Mariam se alivió.

No todo. Pero algo.

—¿Cuándo llega aquí? —preguntó.

—Esta tarde, inshallah. —Amira le tomó la mano—. Y voy a organizarle una visita al palacio. Que se quede unos días contigo.

Mariam asintió.

Le haría bien.

Más de lo que podía explicar en ese momento. Tener a Yasmine cerca era tener un pedazo del mundo real, del mundo donde ella era simplemente Mariam y no la segunda esposa del jeque Al-Rashid.

—Sí. Sí, que venga.

El resto de la tarde en casa de Amira fue otra cosa.

Noura se encargó de eso.

La niña tenía el don de llenar los espacios con una energía que no dejaba lugar para la tristeza y arrastró a Mariam al jardín con el pretexto de mostrarle el nuevo limonero que su padre había plantado en el rincón sur, y de ahí pasaron a una partida de mancala que Noura ganó con una trampa tan obvia que las tres, Amira incluida, terminaron riéndose.

Por un par de horas, el palacio Al-Rashid no existió.

No obstante las horas pasan y cuando Mariam salió a las cinco de la tarde, la luz de Riad ya se había vuelto dorada, el escolta esperaba junto al SUV con la puerta abierta, Mariam cruzaba el jardín hacia la salida cuando lo vio.

Einar, su hermano, estaba junto al muro lateral.

De espaldas, con el teléfono en la mano y los hombros tensos de una manera que no era su postura habitual. Hablaba en voz muy baja, casi sin mover los labios y cuando escuchó los pasos de Mariam sobre la grava, se giró demasiado rápido.

Los ojos le delataron antes que cualquier otra cosa.

Fue un destello.

Breve, pero Mariam llevaba años leyendo personas, y ese destello tenía un nombre aunque no supiera exactamente cuál era todavía.

Era miedo.

Einar guardó el teléfono y Mariam decidió en ese mismo segundo no haber visto nada.

—Einar. —Lo saludó con naturalidad.

Él se acercó.

Y entonces algo cambió en su expresión, como si la decisión de ser hostil hubiera llegado un segundo después que el saludo y tuviera que ponerse al día.

—Mariam. —Su voz era plana, sin el tono de antes—. Ya es tarde para estar fuera del palacio.

Fue Laila quien apareció desde la puerta lateral antes de que Mariam pudiera responder.

Laila, que era más joven, poseía una lealtad hacia Mariam que no necesitaba explicación, se plantó entre las dos con una bandeja propia y una expresión que no tenía nada de doncella sumisa.

Le sostuvo la mirada sin parpadear.

—Shukran, Hala. (Gracias.) —Su voz era suave como seda mojada—. La Sayyida Mariam no necesita que nadie le informe del horario del jeque. Ella tiene ojos. Y memoria. —Hizo una pausa de medio segundo, calculada con precisión—. Tú, en cambio, tienes velas que cargar y sábanas que doblar. El ala oeste es en esa dirección.

Señaló con la cabeza hacia el corredor lateral y Hala abrió la boca.

—Solo estaba informando a la Sayyida Mariam sobre—

—Sobre nada que le corresponda a ti informar. —Laila dio un paso hacia ella, despacio, con la bandeja todavía en las manos—. Tú y yo sabemos exactamente lo que estabas haciendo. Y las dos sabemos que no era informar. —Hizo una pausa—. Eres venenosa, Hala. Y lo peor es que lo haces sonriendo.

La otra mujer la miró un segundo, luego se fue.

Laila esperó a que sus pasos se alejaran por el corredor antes de girarse hacia Mariam con los ojos encendidos y la bandeja todavía en las manos.

—Esa mujer —murmuró, con una contención que claramente le costaba— lleva todo el día buscando a quién molestar.

A pesar de todo, algo en la comisura de Mariam se movió apenas.

—Laila.

—Sayyida. (Mi señora.)

—Gracias.

Laila asintió con esa dignidad pequeña y firme que tenía para las cosas que importaban, como su señora.

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