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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 44

C44-CALLEJÓN SIN SALIDA.

—¿Divorciarnos?

La palabra salió de la boca de Jade como si la hubiera probado por primera vez y el sabor fuera veneno puro. La repitió en voz baja, casi para sí misma, mientras sus ojos buscaban los de Zayd.

Él asintió, Jade lo miró un segundo largo y luego sonrió.

No fue una sonrisa de alivio ni de victoria.

Fue la sonrisa amarga de quien acaba de entender el chiste y el chiste es su propia vida. Porque ella sabía perfectamente lo que significaba el divorcio para una mujer en Arabia Saudí, aunque fuera ella quien lo solicitara.

El khul' le devolvería la libertad legal, sí, pero también la devolvería a la casa de su padre con el estigma silencioso de la mujer que no supo retener a su marido, la que no pudo darle un hijo, la que fue reemplazada por otra mujer.

Las familias tribales no necesitaban documentos para juzgar.

Les bastaba el rumor, la mirada de costado en las reuniones, el silencio que se instalaba cuando ella entraba a una sala.

Una mujer divorciada en su mundo no era libre. Era una pregunta sin respuesta que todo el mundo hacía en voz baja, así que se secó las lágrimas con el dorso de la mano, llena de rabia, como si quisiera borrarse la evidencia de haberlas derramado.

—No. —Su voz había cambiado de registro y ya no temblaba—. No voy a pedir el divorcio. No voy a divorciarme de ti.

Zayd sintió que algo se cerraba en su pecho.

Porque él tampoco podía pedirlo unilateralmente sin consecuencias.

El talaq en manos de un jeque no era solo un asunto privado.

Era político.

Las tribus aliadas observaban la vida doméstica de sus líderes con la misma atención con que observaban sus decisiones militares. Un jeque que repudiaba a su primera esposa sin causa documentada ante el Consejo abría flancos que sus enemigos no desperdiciarían.

Y Jade lo sabía.

Ella dio un paso hacia él. Fría ahora, completamente fría.

—Vas a cumplir conmigo, Zayd. Como manda la ley y como manda el Corán. —Su voz era plana, sin rastro de dulzura—. O mañana llevo esto ante los ancianos y ante tu padre y pondré a deliberación la situación completa.

Se rio.

—Sabes lo que pasará. ¿Verdad?

Zayd no se movió.

Se quedó exactamente donde estaba, con la bata de seda negra y el nudo apretado y las manos convertidas en puños dentro de los bolsillos, mirando la puerta vacía con una furia que no tenía hacia dónde ir.

Lo sabía.

Sabía exactamente lo que significaba lo que Jade acababa de decir. Sabía que no era un farol, que ella tenía los recursos y ahora la frialdad necesaria para llevarlo a cabo. Y sabía, con esa claridad brutal que tienen los callejones sin salida, que si esa noche caminaba hacia el ala oeste, si cumplía con lo que la ley le exigía, algo se rompería que no tenía reparación.

Porque Mariam lo sabría.

Y si Mariam lo sabía, los muros que acababa de empezar a derrumbar en el hammam volverían a levantarse, más altos, más gruesos, con cimientos de cemento esta vez.

Cerró los ojos.

Soltó el aire despacio por la nariz.

Y murmuró en voz baja, para el vapor que quedaba, para las paredes de mosaico que habían visto demasiado esa noche.

—Yā Alá... lā taj'alnī as-sābaban fī kasri-hā. (Oh Alá. No me conviertas en la razón por la que ella se rompe)

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