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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 34

C34-Esa mujer es lo único que me importa.

El Gulfstream G700 rugía sobre la pista privada cuando Barón subió las escaleras del jet, sin esperar al copiloto, sin saludar a la azafata que lo recibía cada semana con la misma sonrisa profesional. Esa tarde, ella retrocedió un paso al verle el rostro.

Algo en sus ojos le advirtió que no era momento para cortesías.

Barón se desabrochó el botón del saco y lanzó la chaqueta sobre el sillón de cuero color crema y se aflojó el nudo de la corbata como si lo asfixiara. El cabello rubio oscuro, antes peinado con precisión militar, ahora caía rebelde sobre su frente.

—Despeguen ya —ordenó al capitán por el intercomunicador—. Ya.

—Señor, el plan de vuelo aún…

—Despeguen.

No hubo réplica.

Y mientras el avión se elevaba sobre el cielo plomizo de Washington, Barón apoyó la frente contra la ventanilla. Las nubes se rompían bajo sus pies, pero él solo veía a Mariam.

Dos años amándola en silencio.

Dos años de cobardía elegante.

Y ahora, cuando finalmente había decidido decírselo todo, ella había desaparecido.

Horas más tarde, el SUV negro frenó frente a la fachada de mármol blanco, y Barón bajó antes de que el chofer pudiera abrirle la puerta. Cruzó el lobby con la zancada larga y las pacientes en la sala de espera giraron la cabeza al unísono.

Algo en aquel hombre —la altura, el porte, la fiereza contenida en la mandíbula— hizo que más de una contuviera el aliento.

La recepcionista, una joven morena con uniforme rosa pálido, levantó la vista y palideció. Barón apoyó ambas manos en el mostrador, inclinándose lo suficiente para que ella pudiera ver el destello peligroso en sus ojos.

—Mariam Sabag —dijo—. Estuvo aquí hace varios días. Necesito saber cuándo salió, con quién y hacia dónde.

La recepcionista abrió y cerró los labios.

—Señor, la información de las pacientes es confiden…

—Le voy a hacer la pregunta una sola vez más —interrumpió él sin alzar la voz, lo cual la hizo aún más aterradora—. Y antes de que responda, escúcheme bien: esa mujer es lo único que me importa en este mundo. Si algo le pasó mientras usted se escuda detrás de un protocolo, no habrá clínica, no habrá demanda, no habrá pared en esta ciudad detrás de la que pueda esconderse. ¿Me entendió?

La recepcionista tragó saliva y sus manos le temblaron sobre el teclado.

Tecleó. Buscó. Releyó.

Y entonces, levantó la vista con expresión confundida.

—Señor… la señorita Sabag salió ese mismo día. Pero… no salió sola.

Su mente corría calculando ángulos, distancias, segundos. Entonces inhaló despacio, sonrió con dulzura, y señaló hacia el fondo de la boutique.

—Disculpe… ¿podría traerme aquel conjunto beige que está junto al maniquí? Quiero verlo de cerca.

La gerente sonrió, complacida ante el capricho de la futura madre, y se giró obediente. En el instante en que la mujer le dio la espalda, Mariam se inclinó hacia adelante con un movimiento felino. Tomó el teléfono, lo deslizó dentro del bolsillo interno de su bolso. Mientras el corazón le retumbaba tan fuerte que pensó que la gerente lo escucharía.

Cuando la mujer se giró, Mariam ya estaba sonriendo con la calma de una reina.

—Mire, Alteza, qué hermoso, hace juego con los que lleva…

Mariam fingió mirarlo, ladeó la cabeza, y arrugó delicadamente la nariz.

—No… no me gusta ese tono. Olvídelo. Solo quiero los cochecitos y la ropa que elogié antes. Envíenlos cuanto antes al palacio, por favor.

—Por supuesto, Alteza. Será un honor.

Mariam tomó su bolso con elegancia, ajustándose la abaya. Sonrió una última vez, dio media vuelta, y caminó hacia la salida con el bolso apretado contra el costado. Cada paso le pesaba. Cada metro le sabía a libertad robada.

La puerta de cristal estaba a tres metros, cuando...

—¡Espere!—la voz de la gerente cortó el aire detrás de ella—. Usted tomó…

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