C31-ERES MÍA.
Mariam se quedó inmóvil contra el mostrador de cristal, con el mameluco todavía apretado entre los dedos. El calor que emanaba el cuerpo de Zayd borraba por completo la eficiencia del aire acondicionado de la tienda y eso tuvo un efecto en ella, le aceleró el pulso.
—Lo hiciste a propósito —le reprochó, entornando los ojos azules—. Mandaste a cerrar la tienda no para comprar con tranquilidad, sino para esto. Para acorralarme.
Zayd no negó la acusación.
En su lugar, elevó la mano y deslizó la yema de los dedos por la mejilla de Mariam.
—Estamos solos —respondió él—. Aquí no hay ojos de Riad, ni de Jeddah, ni de mi familia. Solo estamos tú, yo y el futuro que llevas ahí dentro.
El contacto de sus dedos contra la piel fría de su rostro le provocó a Mariam un vuelco en el estómago. Una parte de ella, una que luchaba por salir, quiso ceder a la emoción del momento, dejarse llevar por el magnetismo de ese hombre que parecía tener el mundo a sus pies pero que la miraba como si ella fuera lo único valioso en la boutique.
Sin embargo, el orgullo fue más fuerte.
Y no iba a ponérselo tan fácil, no después de cómo se había dado ese matrimonio, ni como la había tratado en el pasado y mucho menos ahora que tenía una esposa.
Enderezó la espalda y, desafiante a pesar del temblor interno que amenazaba con delatarla, levantó la mano libre y la plantó con firmeza en el centro del pecho de Zayd, justo sobre la tela inmaculada de su thobe, para frenar su avance.
—Pues bájate de tu trono un segundo, jeque —le espetó, sosteniéndole la mirada—. Porque este espacio sigue siendo mío, y no te di permiso de invadirlo.
El desafío físico tuvo el efecto contrario.
Y Zayd en lugar de retroceder sus ojos se encendieron. Con un movimiento rápido y certero, él le rodeó la cintura pegándola por completo a su cuerpo y rompiendo el último milímetro de distancia que los separaba.
—¿Qué estás haciendo? ¡Suéltame!
El impacto de sus cuerpos mandó una descarga directa al sistema nervioso de Mariam. Las costillas de ella chocaron contra el pecho firme de él y juró que podía sentir los latidos desbocados de su propio corazón mezclándose con el ritmo pesado y constante de Zayd.
Él estaba tenso, con la respiración alterada, aunque mantenía ese control soberbio de quien domina cada situación.
—En este matrimonio yo pongo las reglas —susurró, inclinando la cabeza hasta que sus labios rozaron la comisura de la boca de ella—. Y la primera regla es que nunca estás fuera de mi alcance.
Mariam entreabrió los labios, atrapada. La cercanía era tan extrema que el aroma de perfume y el calor de su aliento la marearon. Zayd bajó la mirada a la boca, deteniéndose allí con una intención tan clara que el aire pareció desaparecer entre ellos.
Lo supo en ese instante.
Él iba a besarla.
Y el dilema flotó en el aire entre ellos, espeso y electrizante, porque una parte de Mariam, una muy escondida y muy poco dispuesta a admitirlo, quería que lo hiciera.
—No te atrevas, Zayd Al-Rashid. —Lo dijo en voz baja, con los ojos fijos en los de él, con toda la convicción que pudo reunir en ese segundo.
Zayd no se detuvo.
Y Zayd la besó.
Al principio fue lento.
Sus labios sobre los de ella, se movieron sin prisa, como si tuvieran todo el tiempo del mundo y el tiempo fuera un recurso que él administraba a su criterio. Mantuvo una mano en su cintura y la otra subió despacio por su espalda hasta detenerse entre sus omóplatos, atrayéndola hacia él con una firmeza que no dejaba espacio para el arrepentimiento.
Mariam levantó las manos y las apoyó en su pecho con la intención de empujar, pero esa acción no llegó a ejecutarse porque en cuanto sus palmas tocaron la tela de su thobe y debajo de ella el calor de su cuerpo, los dedos se cerraron solos sobre la tela y se quedaron ahí, agarrados, sin empujar hacia ningún lado.
Zayd lo notó y el beso cambió.
La presión aumentó, los labios de él se movieron con más intención, con más hambre, y Mariam respondió antes de que su cabeza terminara de procesar que estaba respondiendo. Inclinó la cabeza, abrió más la boca, y las chispas que llevaban días acumulándose entre ellos saltaron todas al mismo tiempo con una intensidad que le llegó desde los labios hasta las rodillas.
El beso era fuego.
No el fuego rápido y nervioso de los primeros besos sino el otro, el que tarda en encenderse y por eso dura más, el que quema parejo, sin prisa y deja marca.
Zayd separó los labios de los de ella un centímetro y la respiración de ambos llenó el espacio entre sus bocas, entrecortada, caliente, sus ojos oscuros la buscaron. Y lo que encontró en los de ella, esos ojos azules con las pupilas dilatadas y los labios entreabiertos y las mejillas encendidas, hizo que algo en su expresión se rompiera de una manera que él nunca habría permitido delante de nadie más.
—Anti lī, (eres mía) —murmuró, con la voz más baja que ella le había escuchado jamás.
Y la volvió a besar.

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