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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 28

C28- SOLO LO ELIGE LA MADRE.

Esa mañana, Mariam se miró en el espejo y ajustó el shayla.

La tela era de chifón color marfil con bordados en hilo plateado en los bordes, ligera. La abaya que la cubría era de crepé azul pálido, el mismo tono exacto que sus ojos, con corte recto y botones de nácar desde el cuello hasta el suelo.

Sencilla en la forma, imposible en el precio.

Detrás de ella, Laila terminaba de sacar los bolsos de la repisa y los alineaba sobre la cama.

—¿Cuál, mi señora?

Mariam los miró por el espejo y señaló el Hermès naranja sin pensarlo dos veces.

Laila asintió con aprobación.

—Buena elección. —Empezó a guardar los demás y, mientras doblaba las fundas de tela, agregó con una sonrisa que no pudo contener—: El jeque se está portando muy especial con usted, mi señora.

La mano de Mariam se detuvo sobre el shayla y la miró por el espejo.

—Man kathura kalāmuhu, kathura khalluhu. —Lo dijo despacio, sin volumen—. El que mucho habla, mucho yerra, Laila.

La chica bajó los ojos.

—Perdón, mi señora. Solo digo lo que veo.

Mariam bufó, se giró ya lista, y tomó el bolso.

—Zayd está haciendo lo que hace cualquier esposo. —Se acomodó el shayla una última vez—. Y seguramente Jade vendrá con nosotros. La primera esposa tiene ese derecho.

Laila negó antes de que terminara la frase, se acercó un paso y bajó la voz hasta convertirla en un hilo.

—No, mi señora. El jeque dijo que solo iría con usted. —Una pausa—. Y eso... no le gustó nada a la señora Jade.

Mariam parpadeo.

—¿Qué?

Al otro lado del palacio, en el ala de la primera esposa, el ambiente tenía la temperatura tan alta como las de las arenas del desierto.

Jade caminaba de un lado al otro de su habitación con la bata de seda negra rozando el mármol en cada vuelta. El cabello suelto, el maquillaje sin poner y los brazos cruzados con una tensión que llevaba horas acumulándose.

Zayd estaba sentado en el sillón junto a la ventana, con una taza de qahwa entre los dedos, el café árabe con cardamomo que tomaba cada mañana, y la expresión de un hombre que llegó a esta habitación porque era lo correcto y que lleva diez minutos deseando estar en otro lugar.

—¿Por qué vas con ella? —La voz de Jade llegó con ese filo suave que es peor que el grito—. ¿Por qué a Jeddah, Zayd?

Zayd bebió su café.

—Y anoche. —Jade se detuvo frente a él—. Era mi noche. —Sus ojos se llenaron de algo que estaba a mitad de camino entre la rabia y las lágrimas—. Esperé, Zayd. Preparé todo. Mandé traer el basbousa que te gusta, puse las velas, me perfumé... —Su voz se quebró en el borde exacto donde quería quebrarse—. Esperé hasta pasada la medianoche y no llegaste. Tuve que pedirle a Hala que retirara todo.

Finalmente Zayd dejó la taza sobre la mesa.

Y la imagen llegó sola y él la dejó pasar sin detenerse en ella: Jade en esa habitación con las velas encendidas y el basbousa en la bandeja, esperando con esa paciencia que siempre tenía algo de cálculo.

Hala recogiendo todo en silencio.

Zayd se detuvo, pero no se giró.

Porque la verdad, la que no iba a decir en voz alta, era simple: no quería a Jade en Jeddah. No quería a nadie más en Jeddah. Quería ese día para él solo, sin protocolo, sin la primera esposa midiendo cada gesto, sin el peso de ese palacio siguiéndolos en forma de testigo. Quería caminar al lado de Mariam por el zoco, verla elegir cosas para ese bebé que los dos sabían que era el centro de una guerra que todavía no había empezado del todo, y quería hacerlo sin que nadie contara los pasos que él daba hacia ella.

—No vamos a comprar ropa —respondió.

Jade cerró la boca y Zayd continuó un poco frío.

—Vamos a comprar las cosas del bebé… y eso solo lo elige la madre.

Salió.

La puerta no sonó al cerrarse. Eso era lo peor, que ni siquiera la cerró de golpe, simplemente la dejó ir con la misma indiferencia con que dejaba ir todo lo que no le importaba lo suficiente.

Jade se quedó de pie en el centro de la habitación, apretando las manos.

La madre.

La había llamado la madre.

No Mariam. No la segunda esposa.

La madre.

Como si ese título ya estuviera decidido. Como si su lugar en esa historia también estuviera decidido, y fuera otro.

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