C25- ¿NO SE SUPONE QUE ESTA NOCHE ES DE JADE?
Faisal Al-Rashid, tenía treinta y cinco años, el cabello oscuro peinado hacia atrás con una precisión que olía a Londres, la barba recortada en líneas europeas, y un traje azul marino sin bisht que lo diferenciaba de cada hombre en esa sala. Sus ojos negros encontraron a Zayd en el momento en que cruzó la puerta, y su boca se abrió en una sonrisa que no llegaba a ningún lugar real.
Aun así, se puso de pie con los brazos extendidos.
—Primo. Me alegra verte de vuelta. Y con vida, sobre todo.
Zayd se detuvo a tres metros de él.
No sonrió. No extendió los brazos. Solo lo miró con esa calma que en los Al-Rashid siempre era más peligrosa que la ira.
—No sabía que estabas en Riad.
—Llegué anoche. —Faisal bajó los brazos sin perder la sonrisa—. Mi padre me pidió que viniera a informar sobre los campos del sur. —Una pausa de un segundo, calculada—. Y también quería felicitarte en persona. Me enteré de tu boda, tienes una segunda esposa.
Algo en la postura de Zayd cambió al escucharlo mencionarla.
La razón es que Faisal Al-Rashid había pedido a Mariam Sabag hace tres años, antes de que el nombre de ella apareciera en ninguna conversación sobre el linaje Al-Rashid, antes de que Mustafa cerrara el trato con Ibrahim. La había pedido y Mustafa lo había rechazado con la excusa de que la niña era demasiado joven, cuando la verdad era que Ibrahim ya tenía otros planes.
—Mariam Sabag. —Pronunció el nombre como quien abre algo que le pertenecía—. Qué elección tan interesante. ¿Debo felicitarte, primo? ¿O dar el pésame?
Zayd le sostuvo la mirada sin pestañear.
—No debes nada.
Faisal soltó una risa corta.
—Qué rudo. Solo digo que es bueno que por fin tengas más posibilidades de un heredero. El consejo estaba... nervioso. —Hizo una pausa—. Todos lo estábamos.
Zayd dio un paso hacia él.
—¿Y tú? —Su voz llegó baja, sin subir un solo tono—. ¿También estabas nervioso, Faisal?
El aire en la sala se espesó. Dos de los ancianos intercambiaron una mirada. Uno de ellos movió las cuentas de su rosario más rápido. Hasta que Ibrahim carraspeó desde su asiento.
—Siéntate, Zayd. Hablemos de las tribus. No de chismes de mujeres.
La reunión duró cuarenta minutos.
Ibrahim escuchó el informe completo sobre el Wadi Al-Sirr con el rosario entre los dedos. Cuando Zayd terminó, los ancianos asintieron en silencio. Uno de ellos, el mayor, murmuró algo sobre la mano firme del linaje Al-Rashid. Otro habló de la necesidad de reforzar los puestos del norte antes del invierno.
Nadie mencionó que Zayd seguía sin un hijo varón nacido.
Faisal escuchó todo sin abrir la boca. Sentado con una pierna cruzada, los dedos entrelazados sobre la rodilla, los ojos moviéndose entre Ibrahim y Zayd con una atención que no tenía nada de casual.
Cuando Ibrahim dio por terminada la reunión y los ancianos empezaron a levantarse, Faisal se acercó a Zayd por detrás y le puso una mano en el hombro.
—Mabrook, primo. —Su sonrisa era perfecta, sin una grieta—. Que Alá te bendiga con un hijo pronto.
Zayd apartó su muro y Faisal sostuvo la sonrisa un segundo más, luego se dio la vuelta y caminó hacia la puerta.
La puerta se cerró.
El caso era que sus pasos lo llevaron por el pasillo equivocado, y se pararon solos frente a la puerta.
La de Mariam.
Se quedó ahí, con una mano levantada que no terminaba de tocar la madera.
Recordó cómo Faisal pronunció su nombre.
«Mariam Sabag»
Con esa boca, con esa pausa, con esa sonrisa de depredador que sabe exactamente dónde apuntar. Y él había visto a ese hombre negociar contratos, había visto cómo operaba, cómo identificaba el punto débil de cada persona en la sala y lo guardaba para usarlo en el momento más inconveniente.
Esta noche había usado a Mariam.
Lo que eso significaba era algo que tampoco iba a examinar ahora.
Así que abrió la puerta y la habitación estaba en penumbra, con una sola lámpara encendida en la mesita de noche que bañaba todo en un tono ámbar bajo.
Mariam estaba de pie junto a la ventana y se giró al escuchar la puerta.
El camisón era de seda beige, con encaje en el escote y en los bordes, suave y sin pretensiones, el tipo de ropa que no busca ser vista pero lo es de todas formas. El cabello le caía en ondas sobre la espalda, oscuro contra la seda clara, sin recoger, sin el shayla, sin ninguna de las capas con que se movía durante el día.
Sus miradas se encontraron y ninguno de los dos habló, hasta que ella lo hizo primero.
—¿Qué haces aquí? ¿No se supone que esta noche es de Jade?

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