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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 15

C15 - VIVA O MUERTA.

Mariam no se movió y pasó un segundo, luego dos y tres. Y la mano de Ibrahim seguía extendida.

Entonces Mariam habló.

—Con todo el respeto que merece su edad, jeque Ibrahim. —Su voz llegó limpia, sin temblor, sin el volumen que habría delatado nervios—. El Profeta, que Alá lo bendiga, dijo que no hay obediencia a la criatura cuando implica desobediencia al Creador. Y en ningún lugar del Corán está escrito que una mujer deba inclinarse ante un hombre por el simple hecho de que su hijo la haya elegido.

El rosario de Ibrahim se detuvo.

Jade bajó la taza con un movimiento tan controlado que la porcelana no hizo ruido y Zayd cerró los ojos sabiendo lo que se avecinaba.

—Soy musulmana —continuó Mariam, sin apartar los ojos del viejo jeque—. Conozco mis deberes. Pero también conozco mis derechos y el primero de ellos es que nadie, con título o sin él, me exija lo que Alá no me exige.

El silencio que siguió tenía peso físico.

Los ojos de Ibrahim se oscurecieron hasta volverse algo que no era solo enojo sino algo más viejo y más peligroso, porque él era una autoridad que durante décadas no había sido desafiado por nadie.

Por eso, levantó la mano y el aire en la sala se congeló, la bofetada estaba lista, pero Zayd se movió antes de que la mano llegara. Su brazo cruzó la distancia en una fracción de segundo y sus dedos cerraron alrededor de la muñeca de su padre con firmeza.

Ibrahim se detuvo en seco y tardó tres segundos en procesar lo que acababa de pasar. Sus ojos bajaron a la mano de su hijo y luego subieron a su cara, y lo que encontraron ahí no era el Zayd que había criado para obedecer.

En la mesa, Jade apretó la taza entre sus dedos.

—Zayd. —La voz del viejo jeque llegó baja y cargada—. Me estás faltando el respeto delante del servicio.

—No. —Zayd no soltó la muñeca—. Estoy protegiendo a mi esposa.

—¡Esa mujer…!

—Se llama Mariam —Lo cortó, sin subir la voz—. Y nadie en este palacio le pondrá un dedo encima, ya lo habíamos hablado padre.

Jade abrió la boca y su mano se apretó cada vez más alrededor de la taza.

—Zayd, la tradición establece que el patriarca de la familia tiene autoridad sobre…

Zayd la miró y fue solo eso. Una mirada. Pero fue suficiente para que Jade cerrara la boca a la mitad de la frase.

—Qué interesante que lo digas. —sus ojos continuaron fijos en su primera esposa—. Porque si estás de acuerdo con que se golpee a una mujer de esta familia cuando se equivoca, entonces la próxima vez que tú hagas algo reprochable, no moveré un dedo para impedirlo. —Hizo una pausa—. ¿Seguimos con la tradición?

Jade no se movió, tenía la taza entre las manos, con los ojos fijos en el punto donde Mariam había estado sentada treinta segundos antes. El odio que le recorría el pecho no era nuevo, pero esta mañana había adquirido una forma más concreta, más fría, más parecida a una decisión que a un sentimiento.

Entonces Ibrahim caminó hacia la salida sin prisa, pero se detuvo un segundo sin mirarla.

—No dejes que te quite tu lugar. Eres la primera esposa, por lo tanto actúa como tal.

Jade levantó los ojos hacia él.

—Sí, jeque Ibrahim.

El viejo jeque siguió caminando y las puertas volvieron a cerrarse.

Jade se quedó sola en la mesa, con el desayuno intacto frente a ella y una claridad que le afilaba cada pensamiento: Mariam Sabag había entrado a ese palacio, había desafiado al patriarca, había conseguido que Zayd la protegiera delante de todos, y llevaba menos de veinticuatro horas entre esos muros.

Soltó la taza y el té se derramó sobre el mantel blanco.

—Tienes que irte cuanto antes de aquí Mariam, tienes que irte… viva o… muerta.

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