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LA DESAFIANTE ESPOSA DEL JEQUE ¡Embarazada por error! romance Capítulo 123

C123- SIN PRUEBAS

Mariam fue directo a la tienda de Jade, la razón era que cuando las reuniones de alianza terminaban tarde, el protocolo era siempre el mismo.

El jeque anfitrión asignaba tiendas separadas para cada esposa, cada una con su propia entrada, su propia sirvienta de guardia y su propio espacio que no se cruzaba con el de la otra.

No era un gesto de cortesía.

Era una regla.

A Jade le asignaron la tienda del lado norte.

A Mariam, la del sur.

Zayd se quedó en la tienda principal con Al-Farsi, Ibrahim y los jeques aliados. Las conversaciones que importaban de verdad nunca pasaban durante la reunión formal. Pasaban después, cuando se retiraban los sirvientes y quedaba solo el café y los hombres que podían hablar sin que nadie los escuchara.

Eso podía durar horas. Todos lo sabían y nadie lo interrumpía.

Mariam se detuvo en la entrada de la tienda del norte. Hala se puso de pie cuando las vio llegar.

—Mi señora…

Mariam la ignoró y entró.

Jade estaba sentada frente a un espejo pequeño, quitándose los pendientes cuando vio a Mariam en el espejo, bajó el pendiente sobre la bandeja y esperó.

Mariam cruzó la tienda y dejó caer el sobre. Jade lo miró, levantó los ojos al espejo y encontró los de Mariam.

—Qué dramática —dijo.

—¿Qué había en esto?

Jade tomó el sobre entre dos dedos, lo giró una vez como si fuera algo sin importancia y lo dejó caer de nuevo.

—No tengo idea de qué es eso.

—Te vi. —La voz de Laila llegó desde la entrada—. Vi cuando lo pusiste en la taza de mi señora.

Jade giró la cabeza hacia ella, la miró de arriba abajo y luego volvió al espejo.

—Es su palabra —le dijo a Mariam— contra la mía. —Sonrió—. Y la de ella... ni siquiera vale.

Laila en su sitio apretó las manos con impotencia.

Jade tomó el otro pendiente y se lo quitó despacio.

—Puedes ir a contárselo a Zayd si quieres. —Lo dijo con el tono de alguien que ya calculó ese movimiento y sabe cómo termina—. Dile que su primera esposa puso algo en tu taza en medio de una reunión con los jeques aliados de Al-Farsi… —Se giró finalmente—. Sin pruebas. Sin testigos que importen y en el peor momento posible para su alianza, veamos cómo te va.

Mariam guardó silencio, no porque no tuviera nada que decir, sino porque no quería cometer una locura y ridiculizar a Zayd, entonces Jade se puso de pie manteniendo la mirada.

—Serás la madre del heredero, prima. Nadie te va a quitar eso. —Se acercó un paso hasta detenerse a un palmo—. Pero voy a hacer de tu vida un infierno tan ordenado, tan silencioso y tan perfecto que nadie va a poder señalarlo.

Mariam sostuvo esa mirada.

No parpadeó, ni retrocedió, tampoco dijo nada, y las dos sabían por qué.

Jade tenía razón en lo único que importaba: no había pruebas.

El sobre era polvo y tela, Laila era una sirvienta y Zayd estaba en una tienda a cincuenta metros hablando de alianzas que no podían romperse por una acusación sin respaldo.

—Buenas noches, Mariam.

Jade se dio la vuelta y volvió a sentarse frente al espejo como si la conversación ya hubiera terminado hacía rato.

—Debí haberla...— Cortó la frase. Se giró hacia la entrada de la tienda y se quedó mirando la tela un momento con la mandíbula apretada—. Debí haber puesto a alguien a tu lado desde que entramos.

Mariam se incorporó despacio.

—Zayd.

Él se giró.

—No te voy a pedir que hagas nada. —Lo dijo antes de que él pudiera abrir la boca—. No hay pruebas, el sobre es polvo y la única que la vio fue Laila, y si la metes en esto, ella paga las consecuencias… —Soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo—. Jade lo sabe, por eso lo hizo así.

Zayd la miró y en su cara pasaron varias cosas al mismo tiempo que no llegaron a ser palabras.

Porque Mariam tenía razón.

En eso estaba el problema, en que Jade no había cometido un error, había calculado cada parte de ese movimiento. Y acusación sin respaldo no dañaba a Jade sino a él, a su posición, a los acuerdos que acababa de firmar con Al-Farsi.

Jade se había salido con la suya, esta vez y los tres lo sabían. Zayd se sentó a su lado, le pasó la mano por el cabello despacio.

—Mañana vamos a inspeccionar los pozos. —Informó—. Al-Farsi nos guiará por el desierto, vas a quedarte aquí a descansar.

—No.

Mariam se incorporó.

—Si me quedo, ella gana. Así que voy contigo.

—Mariam...

—Voy contigo. —Lo interrumpió—. No voy a darle el gusto de verme caer.

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