C119- ¿Y CREES QUE YO NO PUEDO DARTE ESO?
La mesa del comedor de los Al-Khoury estaba llena.
Pan árabe recién horneado, labneh con aceite de oliva, dátiles, huevos revueltos con tomate, queso halloumi a la plancha.
El café árabe humeaba en las tazas pequeñas.
Todo dispuesto con la precisión de quien sabe que un jeque viene a desayunar.
En la cultura saudí, que el prometido desayunara con la familia era normal después del compromiso formal. Pero cuando el prometido era un Al-Rashid, las reglas se doblaban.
Se saltaban.
Se hacían excepciones que nadie cuestionaba porque el dinero y el apellido lo permitían.
El padre de Yasmine, Ozem Al-Kohur, masticaba un pedazo de pan con labneh y miraba a Hazem desde el otro lado de la mesa.
—La dote que propusiste es generosa.
Hazem sonrió, tomando un sorbo de café.
—Es lo mínimo para una mujer de la familia Al-Kohur.
Miró a Yasmine y ella sostuvo la mirada durante dos segundos y luego volvió a su plato.
La madre de Yasmine, se rio y el sonido llenó el comedor como campanas.
—Ay, Hazem, eres muy amable. —Se inclinó hacia adelante—. Dime, ¿ya pensaste en la fecha? Porque yo tengo tantas ideas para la boda. El salón Al-Faisaliah sería perfecto. O tal vez prefieres algo más privado… podríamos hacer la celebración en tu residencia.
Hazem se rio también y dejó la taza sobre la mesa.
—Sara, no te preocupes por los gastos. —hizo una pausa mientras sus ojos iban a Yasmine—. Yo cubro todo. El mahr, la fiesta, el vestido, las joyas. Todo. Es mi responsabilidad como esposo. Y créeme, no escatimaré en nada.
En la tradición saudí, el novio pagaba la dote y los gastos de la boda. Era su deber, su honor.
Y cuando el novio era jeque petrolero, esos gastos no tenían techo.
Mientras tanto, Yasmine masticaba piedra. Cada palabra que escuchaba le raspaba la garganta. Cada plan que hacían sobre su vida sin preguntarle le apretaba el pecho. Quería levantarse. Quería mandarlos al diablo y salir por esa puerta y no volver.
Pero no podía hacerlo.
No sin poner en riesgo a Baron y a Mariam. Así que hizo lo que debería, se quedó callada.
Hazem la miró y se recostó en la silla.
—¿Y tú, Yasmine? ¿Qué opinas?
Ella levantó la vista del plato.
—Opino que es muy pronto para hablar de fechas.
La respuesta salió fría y deliberadamente distante, haciendo que el ego de Hazem se encendiera como una cerilla.
Después de comer, Hazem dejó la servilleta sobre la mesa y miró a Ozem.
—Me gustaría hablar con Yasmine, un momento… A solas.
Ozem frunció el ceño.
—Hazem, no es apropiado...
En la cultura saudí, un hombre y una mujer no podían estar solos antes de firmar el nikah, el contrato matrimonial.
Era haram.
Prohibido.
Incluso si ya estaban comprometidos.
La regla existía para proteger el honor de ambas familias. Para mantener la pureza del proceso. Un hombre podía visitar a su prometida, sí, pero siempre con un mahram presente.
Un hermano, un padre, alguien de la familia que vigilara.
Pero Hazem era un Al-Rashid.
Y las reglas se doblaban para los Al-Rashid.
Le aceleró el corazón.
—Hazem... apártate. —No quiso tocarlo—. Esto...
Pero él no obedeció. En vez de eso, la agarró de la cintura y la pegó a él, dejando su rostro a centímetros del de ella.
—Responde la pregunta, Yasmine. ¿Qué es lo que esperas?
Ella lo miró y vio sus ojos negros.
Tragó.
La verdad era que jamás había estado tan cerca de Hazem.
Y sí era guapo. Muy guapo. Increíblemente guapo.
—Ha...
—Responde.
Ella sabía que no tenía salida, así que cedió.
—Yo solo quiero que quien se case conmigo...
Apartó la mirada, pero Hazem le giró el rostro con la otra mano, suave, firme.
—Sigue —ordenó.
—Quiero que quien se case conmigo me ame. —La voz de Yasmine salió apenas como un susurro—. Eso es lo que quiero. Amor. Amor de verdad. Leal y exclusivo.
El silencio que siguió pesó más que todas las palabras anteriores.
Hazem la miró durante tres segundos sin moverse, con los dedos todavía en su cintura y el rostro todavía a centímetros del de ella.
Entonces habló.
—¿Y crees que yo no puedo darte eso?

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