C116- SOY UNA BUENA AMIGA
—¿Cuándo vendrá Mariam?
Y así en cuestión de segundos el aire de la habitación no cambió. Pero Yasmine no cambió, al menos por fuera. Siguió mirándolo con la misma expresión, siguió con la espalda recta y los ojos tranquilos.
Pero por dentro fue diferente, por dentro fue como si alguien le metiera la mano en el pecho y apretara.
«Lo olvidaste, se dijo. Su cabeza siempre está en Mariam. Siempre.»
Se soltó en un movimiento suave.
—Americano. —La voz le salió igual que siempre—. Ya te dije que ella no vendrá. Entiéndelo. Ella quiere quedarse con Zayd. Además le dije que estabas aquí y... solo quiere que te vayas. Y si insistes solo le traerás más problemas.
Baron se sentó en la cama.
Tenía la mandíbula apretada, los ojos oscuros y esa expresión suya de cuando algo le molestaba pero no quería decir exactamente qué.
No era Mariam lo que le ardía en ese momento, aunque él no lo sabía todavía.
Era ella.
Era la forma en que Yasmine siempre estaba igual. Siempre tranquila, siempre en control, siempre con la respuesta correcta y el gesto correcto y la distancia correcta.
Como si nada de esto le costara nada.
Como si él fuera un problema logístico que resolver y no una persona.
Y eso, por alguna razón que no supo explicarse, lo sacó de quicio más que el vendedor del mercado.
—Tú lo tienes todo muy claro, ¿no? Eso es lo que hacen las princesitas de sociedad, como tú. Seguir las reglas, seguir las órdenes, no sentir nada que no esté en el protocolo. —La miró—. Pero no entiendes lo que es amar a alguien de verdad. ¡No entiendes que yo amo a Mariam!
Yasmine no se movió, pero sus labios se volvieron una línea fina.
—Bien, hazlo. Sal de aquí sin papeles —ofreció—. Busca un taxi, ve al palacio de Zayd a buscar a Mariam. —Lo dijo despacio y sin subir la voz—. A ver cuánto tardas en terminar en una prisión en el desierto o algo peor.
Baron se puso de pie.
—No me amenaces.
—No te estoy amenazando. Te estoy diciendo lo que pasa.
Baron se quedó donde estaba, mirando la puerta cerrada, con el ardor del labio y algo peor que eso en algún lugar que no supo nombrar.
—Carajo —siseó.
Afuera, Yasmine caminó tres pasos y se detuvo. Respiró por la nariz y siguió caminando.
—Señorita.
Kerem apareció desde la esquina con una bolsa de papel grasosa y olor a especias.
—¿No va a comer?
Yasmine no se detuvo.
—Come tú. Y el idiota que está adentro… que ojalá le dé indigestión.
Siguió caminando sin mirar atrás.
Kerem se quedó en la entrada del taller con la bolsa en la mano, sin hacer más preguntas, porque si algo había aprendido es que hay situaciones en las que lo más inteligente es no preguntar nada.

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