C114- QUE ALÁ TE REPRENDA
El taller de Kerem tenía una habitación en la parte trasera que era exactamente lo que era: cuatro paredes, una cama, una silla y una bombilla colgando del techo, Baron entró, fue directo al lavabo del rincón y abrió el grifo.
Yasmine dejó el bolso sobre la silla y sacó una bolsa que había traído del centro comercial.
—Te compré esto. —La puso sobre la cama—. Sé que esa ropa te queda pequeña. Supongo que tienes la misma talla que mi primo Abdullah, espero que te sirva.
Baron se secó la cara con el antebrazo y se giró hacia la cama, miró el contenido de la bolsa.
No era ropa de mercado.
Era una thobe blanca de algodón egipcio, un pantalón de lino oscuro, calcetines, ropa interior doblada con cuidado. Todo nuevo, todo de buena calidad, todo elegido por alguien que había prestado atención a los detalles sin que nadie se lo pidiera.
La miró a ella.
—Gracias —dijo. Sin la sonrisa torcida. Sin el sarcasmo. Solo eso, directo y serio, que en Baron era más difícil de producir que cualquier otra cosa.
Yasmine asintió sin hacer nada con eso.
—Cámbiate. Estás todo sucio y...
Se detuvo, recordando que no había dónde cambiarse.
—Me voy a girar, cámbiate rápido.
Se giró hacia la pared.
Baron la miró un segundo, analizó la espalda recta, el shayla perfectamente colocado, los hombros tensos con esa rigidez específica de alguien que está siendo muy disciplinado a propósito.
Hizo una mueca, se encogió de hombros y empezó a desvestirse, pero el sonido de la tela fue suficiente para que Yasmine sintiera el corazón darle un golpe que no tenía ninguna justificación razonable.
Se quedó muy quieta mirando la pared.
Contó los bloques de cemento, llegó hasta doce y volvió a empezar.
«Ya Alá, ya Alá, quita estas malas decisiones de mi cabeza.»
Pero Allah, como que esa noche tenía otras prioridades.
Porque su cabeza giró sola.
Solo un poco.
Solo lo suficiente para que fuera una mirada rápida, se dijo, algo completamente inocente, puramente accidental, que no significaba absolutamente nada.
Yasmine se giró.
Baron estaba de pie con la thobe blanca puesta, el pantalón de lino, el pelo todavía húmedo del lavabo. Tenía el labio roto y los ojos con una expresión que ella no supo leer del todo, lo cual era un problema porque ella normalmente leía a la gente bien.
Justo en ese momento la puerta se abrió y Kerem entró con una bolsa de farmacia en la mano.
—Aquí está todo, señorita.
—Bien. —Yasmine tomó la bolsa sin apartar los ojos de Baron—. Kerem, si quieres puedes ir por kabsa del puesto de Al-Mukhtar. Nos traes un poco mientras yo atiendo a Baron.
Kerem miró a uno, miró al otro.
—¿La kabsa de Al-Mukhtar? Esa está en la otra calle, señorita, tarda un poco en...
—Aquí tienes. —Yasmine sacó más billetes del monedero y los puso en su mano—. Tómate tu tiempo.
Kerem tomó el dinero, asintió con la sabiduría de quien entiende exactamente cuándo no debe hacer preguntas, y salió cerrando la puerta detrás de él.
Yasmine abrió la bolsa de farmacia sobre la cama sacando todo lo que Kerem había comprado y se giró hacia Baron.
—Acuéstate —ordenó—. Voy a curarte esa herida.

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