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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 182

Dominic procesó la información en un segundo. Conocía la lealtad inquebrantable del ruso y sabía perfectamente que Nikolai jamás hubiera actuado de ese modo si su madre no estuviera corriendo un peligro de muerte inminente. Entendió el juego al instante: si había un traidor en el hospital o si Charlotte estaba moviendo sus hilos, él tenía que mantener las apariencias frente a la policía y el personal médico para no levantar sospechas de que Nikolai seguía bajo sus órdenes.

Asumiendo su papel de CEO implacable, Dominic descargó toda su furia ensayada contra el director del hospital, señalándolo con el dedo mientras la voz le retumbaba en todo el pasillo.

—¡Esto es una maldita negligencia! —rugió Dominic, haciendo que los médicos y los policías retrocedieran—. ¡Quiero a ese maldito ruso tras las rejas de inmediato! Su hospital va a responder legal y financieramente por esto, se los juro. Si a mi madre le pasa algo, me voy a encargar de hundir este lugar. ¡Muevan a sus hombres y encuéntrenla ya!

Dejando el caos a sus espaldas y a los directivos temblando de miedo, Dominic dio media vuelta y salió del hospital a zancadas. Se subió a su auto, dio un fuerte portazo y, en cuanto estuvo completamente a solas en el aislamiento del vehículo, sacó su teléfono y marcó el número de Nikolai con los dedos tensos. El teléfono apenas sonó una vez antes de que el ruso atendiera.

—¡¿Por qué demonios sacaste de ese modo a mi madre del hospital, Nikolai?! —le espetó Dominic, controlando el volumen de su voz pero inyectándole una furia real por el susto que acababa de pasar.

—La saqué por seguridad —respondió la voz profunda y calmada de Nikolai al otro lado de la línea, sin alterarse por el reclamo—. Alguien intentó asesinarla hace menos de una hora. Infiltraron a un falso enfermero, pero logré interceptarlo antes de que le inyectara algo en el suero. El hospital ya no era seguro para la condesa.

Dominic apretó el volante con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos.

—¿Quién fue? —preguntó entre dientes.

—No puedo hablar de eso por teléfono, hay demasiados ojos y oídos en todas partes —cortó el ruso con frialdad—. Te acabo de enviar una ubicación cifrada. Ven. Aquí tu madre está segura, oculta en una clínica privada que maneja personal de mi entera confianza. Ella está bien, Dominic. Tranquilo. Ya pasó el peligro.

La llamada se cortó. Dominic miró la pantalla de su celular, vio cómo aparecían las coordenadas en el mapa y, sin pensarlo dos veces, encendió el motor para salir disparado hacia el refugio de Nikolai.

Mientras Dominic conducía a toda velocidad hacia las coordenadas de Nikolai. El timbre sonó con insistencia en el apartamento de Grace.

Grace, creyendo que era Maxwell abrió, pero al ver a tres hombres corpulentos vestidos con trajes oscuros, el desconcierto la invadió.

—¿Sí? ¿Quiénes son ustedes? —preguntó, con la voz firme pero alerta.

—Señora, la condesa Leonor ha sido secuestrada en el hospital —soltó el hombre al frente, con un tono falsamente urgente—. El señor Pierce manda por ustedes de inmediato. Debe venir con nosotros por seguridad.

El corazón de Grace dio un vuelco, pero el instinto de supervivencia la hizo retroceder. Su mente trabajó a mil por hora.

—¿Por qué no me ha llamado Dominic? —cuestionó ella, agarrando el borde de la puerta—. Él me habría marcado directamente.

—Porque el señor Pierce está muy ocupado con la policía, no tiene tiempo —respondió el tipo con brusquedad. Sin pedir permiso, metió el pie empujó la puerta y la agarró del brazo con fuerza—. Venga con los niños. Ahora.

—¡No! ¡Suéltame! ¡No voy a ir a ningún lado con ustedes! —gritó Grace, forcejeando con desespero.

—¡Mamá! —el grito de Doménica retumbó desde el pasillo.

Dos hombres más irrumpieron en el apartamento a zancadas, avanzando hacia la sala donde los niños se habían asomado al escuchar el escándalo. Con total brutalidad, los sujetos sujetaron a Derek, a Doménica y al pequeño Arthur por los hombros, inmovilizándolos. El llanto y los gritos de terror de los tres pequeños llenaron el apartamento al verse atrapados por esos desconocidos.

—¡Suelten a los niños! ¡No los asusten, por favor! —clamó Grace, con las lágrimas salando de sus ojos al ver el pánico absoluto y el llanto desesperado en el rostro de sus hijos y de Arthur—. ¡Iremos con ustedes, pero no les hagan daño!

—¿Qué demonios está ocurriendo aquí? —la voz potente de Maxwell retumbó en la estancia.

Aterrada, empujó a Derek, a Doménica y cargó a Arthur como pudo entre sus brazos, arrastrándolos hacia la recámara principal en medio del caos. Entraron a trompicones y Grace corrió en busca del inhalador que era de Maxwell y volvió a la alcoba, le echó tres vueltas a la llave de la cerradura, ayudó al pequeño Arthur a que volviera a respirar. Los estruendos de la balacera afuera hacían vibrar las paredes, acompañados por los gritos de los hombres y los impactos en los muebles.

—¡Al clóset! ¡Entren al clóset y no salgan por nada del mundo! —les ordenó Grace a los niños con la voz quebrada, metiendo a Derek y a Doménica entre la ropa mientras intentaba calmar los espasmos de Arthur, cuyos ojos reflejaban un pánico absoluto.

De pronto, un dolor punzante, agudo y devastador le atravesó el vientre bajo. Grace se dobló a la mitad, soltando un gemido de dolor puro mientras se llevaba las manos al vientre, sintiendo que las fuerzas se le caían. El miedo de perder a su bebé se mezcló con el pánico de escuchar los gritos y los cuerpos caer en la sala. ¿Maxwell estaba vivo? ¿Lo habían matado? Con las manos temblorosas y sudando frío, sacó su móvil del bolsillo y marcó el número de Dominic.

Al otro lado, Dominic contestó al primer timbre, con la voz tensa mientras conducía.

—Cariño, voy en camino a dónde está mi mamá, Nikolai la sacó porque...

—¡Dominic, estamos en peligro! —lo interrumpió Grace con un grito ahogado por el llanto y el dolor—. ¡Entraron unos hombres al apartamento! ¡Le dispararon a Maxwell... nos quieren secuestrar! ¡Los niños están conmigo, estamos encerrados!

—¡¿Qué?! —el grito de Dominic pareció romper la bocina del teléfono. El pánico absoluto distorsionó su voz—. ¡Grace! ¡Grace, no cuelgues!

Dominic clavó los frenos en mitad de la avenida, haciendo que las llantas chirriaran con violencia. Dio una vuelta en U prohibida, destrozando el embrague, mientras llamaba en paralelo por la línea corporativa al jefe de su propia seguridad privada.

—¡Suban ya mismo al apartamento de Grace! ¡Entraron armados, rescátenla ahora mismo o los despido a todos! —rugió Dominic, completamente desquiciado por la angustia, acelerando a fondo mientras el motor rugía.

—¡Señor Pierce, tenemos hombres heridos abajo en el lobby! —respondió el guardia a través de la radio, con la voz entrecortada por la estática—. Hubo una emboscada en la entrada del edificio. La policía ya viene en camino, pero de todos modos yo voy a subir a romper ese cerco, ¡voy para allá!

Dominic soltó un grito de pura impotencia y locura, golpeando el volante con el puño mientras las lágrimas de desesperación nublaban su vista. Su esposa embarazada y sus hijos estaban atrapados en una línea de fuego, y él se sentía morir de la angustia por no poder volar para salvarlos.

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