Entrar Via

La amante despreciada del CEO romance Capítulo 183

Al otro lado de la línea, la llamada permanecía abierta. Dominic conducía como un desquiciado, esquivando vehículos y subiéndose a las aceras, con el rostro desencajado y el sudor frío empapándole la frente. A través del manos libres, su respiración era un rugido.

—Grace, mi amor no cuelgues, ya llego…

—Ven pronto —sollozó ella.

De pronto los balazos cesaron, un profundo silencio se apoderó del apartamento.

—¿Qué está pasando Grace…?

Grace, que estaba alerta vigilando la entrada, contuvo el aliento al escuchar unos pasos pesados y arrastrados que avanzaban por el pasillo de la casa. El terror le congeló la sangre cuando la perilla de la puerta de la alcoba comenzó a moverse con violencia, sacudiéndose con ruidos metálicos mientras alguien desde afuera intentaba derribar la cerradura.

—¡Sabemos que están ahí! ¡Salgan por las buenas!

Al ver que la madera cedía levemente ante los golpes, Grace a pesar del dolor del vientre y sabiendo que quizás estaba poniendo en peligro la vida de su bebé, no se detuvo.

«Por favor bebé resiste, tú eres tan fuerte como tu papá, dame fuerzas…»

Como pudo arrastró la cómoda que quedaba justo al lado de la puerta, así ganaba tiempo, enseguida abrió la puerta corrediza del closet con sumo cuidado y se metió en la oscuridad junto a Derek, Doménica y el pequeño Arthur. Los tres niños estaban hechos un ovillo entre las prendas colgadas, temblando de pies a cabeza y tapándose la boca con sus pequeñas manos para que sus llantos no delataran su posición. Grace se sentó en el suelo de madera, pegando a los tres contra su pecho, envolviéndolos en un abrazo desesperado.

—Shh, mis amores, todo va a estar bien —les susurró con la voz rota, acariciando el cabello de Doménica—. Mamá está aquí. Quédense muy quietos y callados, por favor. No hagan ningún ruido.

Fue en ese preciso instante cuando un dolor punzante, abrasador y desgarrador le partió el vientre en dos, volviéndose mucho más insoportable. Grace abrió los ojos de par en par en la penumbra del clóset, sintiendo cómo las fuerzas se le escapaban por completo al percibir un hilo líquido y extrañamente caliente correr por la parte interna de sus piernas; una mancha oscura de sangre que empapaba su ropa y confirmaba el peor de sus temores.

«¡No!» el corazón le empezó a latir desbocado, mientras su cuerpo temblaba por completo.

Para no alertar a los niños, para que Derek, Doménica y Arthur no escucharan su quejido, Grace se metió el puño en la boca y se mordió la mano con una fuerza, ahogando su propio grito de dolor en medio de la negrura. Estaba sufriendo sola, desangrándose en silencio mientras sus ojos vigilaban la rendija de la puerta del clóset, conteniendo el llanto de los pequeños mientras Arthur, aplastaba el inhalador en su boca para recuperar el aire.

Mientras tanto el sonido de una nueva ráfaga de disparos estalló directamente en la sala del apartamento. Eran los policias abatiendo a los pocos delincuentes que quedaron. Dominic entró como un huracán, con el arma en la mano y la respiración agitada. Lo primero que vio en mitad de la estancia destrozada fue a Maxwell tirado en el suelo sobre un charco de sangre.

Dominic corrió y se arrodilló de inmediato a su lado, presionando el cuello de Maxwell con dos dedos. Sintió un pulso débil.

—¡Maldita sea, Maxwell! Resiste, por favor, no te mueras —exigió Dominic con desespero—. ¡¿Qué pasa que no llega la maldita ambulancia?! ¡Atiéndanlo ya! —les gritó con furia a sus hombres de seguridad.

Sin perder un segundo más, Dominic se levantó y corrió hacia el pasillo. Quiso derribar la puerta pero no pudo había algo que lo impedía.

—Grace… soy yo Dominic.

Grace sintió que el corazón se le quería salir del pecho al escuchar la voz de él, pero no tenía fuerzas, el dolor era intenso.

—Niños no tengan miedo, su papá llegó… —jadeó. Los pequeños dejaron de llorar—, necesito ayuda… traten de mover la cómoda, vayan sin miedo.

Los pequeñitos salieron temerosos.

Los niños soltaron un quejido de puro esfuerzo, sus caritas se pusieron rojas y, con un último impulso desesperado impulsado por el miedo de perder a su mamá, lograron rodar la cómoda lo suficiente. La puerta cedió. Dominic entró a la habitación, derribando lo que quedaba de obstáculo y lanzándose a abrazar a los niños.

—Ya pasó todo mis amores, les prometo que van a estar bien.

Los pequeños se aferraron a sus piernas.

—Ayuda a mamá —sollozó Doménica.

Dominic los soltó, les besó la cabeza a cada uno y miró a Grace en el piso arrastrándose como podía.

—¡Dominic, ayúdame! —logró decir ella con últimas fuerzas que le quedaban.

Dominic corrió para levantarla entre sus brazos. Al notar el fluido de sangre que manchaba las piernas de Grace, el color se le fue por completo del rostro al CEO, cuyos ojos se llenaron de un terror que jamás había experimentado en su vida.

—¡Sáquenlos de aquí! Llévense a los niños a un lugar seguro ya mismo —ordenó Dominic a sus escoltas, quienes de inmediato cargaron a Doménica y a Derek, mientras ayudaban al pequeño Arthur a salir del caos.

Grace lo miró con los ojos entreabiertos, aferrándose a su camisa con dedos débiles mientras el dolor la vencía.

—Mi amor... el bebé... —alcanzó a susurrar Grace en un hilo de voz, antes de que sus ojos se pusieran en blanco y su cuerpo se desplomara por completo.

—¡Grace! ¡No, Grace, mírame! —gritó él, desesperado, acomodando su cuerpo inconsciente contra su pecho mientras salía a toda velocidad hacia el ascensor, con el corazón en la garganta y dispuesto a todo para salvar a su mujer y a su hijo.

Historial de lectura

No history.

Comentarios

Los comentarios de los lectores sobre la novela: La amante despreciada del CEO