La sobremesa transcurría entre risas, platos vacíos y el murmullo relajado del café de la tarde. Leonor, radiante en su lugar, dio un par de golpecitos suaves a su copa para llamar la atención de las mujeres de la mesa.
—Grace, Sarah, Danna... quiero pedirles algo muy importante —dijo Leonor, recorriéndolas con una mirada brillante—. Quiero que sean mis damas de honor. Así que en quince días las quiero a las tres probándose los vestidos.
Sarah esbozó una sonrisa entusiasta, aunque un tinte de cansancio le cruzó el rostro.
—Haré todo lo posible por venir, Leonor, lo prometo.
—¿Y tú, Danna? ¿Puedes? —preguntó la condesa, girándose hacia ella con curiosidad.
Danna enderezó la espalda y sonrió con esa compostura elegante que la caracterizaba.
—Pues... da la casualidad de que estoy de vacaciones. Luego de varios años, mi jefe explotador —hizo una pausa para mirar de reojo a Maxwell, quien soltó una carcajada culpable— se apiadó de mí y me dio unos días libres. Así que, por supuesto, cuente conmigo, condesa.
—¡Espléndido! —exclamó Leonor, dando un aplauso corto.
Grace, sin embargo, bajó la mirada a su plato y arregló el borde de su blusa, haciendo un puchero adorable.
—Yo acepto encantada, pero... aún tengo varias libras de más —murmuró con cierto pesimismo maternal.
Dominic, que estaba sentado a su lado, no tardó ni un segundo en pasarle el brazo por la espalda. Se inclinó hacia ella y le susurró con una firmeza llena de ternura que resonó en la mesa:
—Tú estás hermosa, Grace. Siempre lo has sido, con o sin libras de más. Además, esos kilos fueron por traer a nuestro bebé al mundo. Valen cada segundo.
A Grace se le cristalizaron los ojos. Conmovida hasta el alma, se giró hacia él, lo abrazó por el cuello y le plantó un beso dulce y apretado en la mejilla.
Leonor arqueó una ceja, llevándose una mano al pecho con dramatismo refinado.
—Dominic, por favor, contrólate —lo reprendió en broma, aguantándose la risa—. Hay niños presentes y vas a empalagar la comida.
La mesa estalló en risas. Dimitric, desde su esquina y sosteniendo su vaso de agua, no le quitaba los ojos de encima a Danna, observando cómo ella disfrutaba el momento familiar con esa serenidad que a él le estaba empezando a desarmar la cabeza.
El murmullo de la sobremesa comenzó a bajar con el transcurso de las horas.
Maxwell se puso de pie, ajustándose el reloj en la muñeca, mientras Sarah llamaba con voz suave al pequeño Arthur, que venía corriendo con las manos llenas de césped.
—Es hora de despedirnos —anunció Maxwell con una sonrisa, tomando a su hijo en brazos.
Danna aprovechó el movimiento general para ponerse de pie con elegancia, acomodándose la falda.
—Yo también me retiro —dijo, ofreciéndole una mirada cálida a Grace.
Dimitric, que había permanecido apoyado con calma contra el respaldo de su silla, alzó su vaso de agua a modo de despedida.
—Les agradezco a Grace y a Dominic por esta comida y por la reunión familiar —comentó con voz profunda y tranquila.
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El motor del automóvil aún rugía suavemente mientras se detenían en la pista privada del hangar ejecutivo del aeropuerto JFK. Maxwell se giró para ayudar a Sarah con Arthur, quien ya venía medio dormido en sus brazos.
Justo cuando el chofer les abría la puerta del auto, el teléfono de Sarah comenzó a vibrar de manera insistente sobre su regazo.
Sarah frunció el ceño al ver la pantalla. Era una llamada que reconoció al instante.
—¿Sí? —contestó, ajustándose el bolso en el hombro.
—¿Señora Sarah? —La voz al otro lado de la línea era acelerada, entrecortada y cargada de un pánico evidente. Era el asistente personal de su padre.
—Sí, soy yo. ¿Qué ocurre?
—Señora... tiene que venir de inmediato. Su padre está muy grave en el hospital. Los médicos dijeron que... que se está muriendo, señora. Él está pidiendo verla a usted antes de que sea tarde.
El color se le fue al instante del rostro a Sarah. Se quedó congelada en el asiento del copiloto, sintiendo cómo el aire se le atascaba en la garganta. Su mano apretó el teléfono con fuerza mientras la voz del hombre continuaba al otro lado del hilo telefónico, llena de angustia.
Maxwell, al notar el silencio repentino y el rostro pálido de su esposa, rodeó de inmediato el auto y abrió la puerta de ella.
—Sarah... ¿qué pasó? —preguntó él, tomándole la mano libre, que le temblaba helada.

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