El silencio se adueñó de la mansión. Las últimas risas de Derek y Doménica se apagaron tras la puerta de su habitación. Leonor caminó hacia la biblioteca con los pies descalzos sobre la alfombra persa, sosteniendo una copa de vino tinto que apenas había probado.
Nikolai entró un instante después. Cerró la doble puerta de madera con un clic seco y giró el seguro.
Ya no vestía el uniforme. Llevaba una camisa gris con los primeros botones abiertos y las mangas remangadas hasta los antebrazos. Leonor clavó la mirada en sus brazos expuestos, descubriendo una faceta tensa y puramente masculina que jamás le había visto.
—Se durmieron enseguida —comentó ella, girándose a medias. La luz de la chimenea proyectaba sombras doradas en sus pómulos, acentuando las finas líneas alrededor de sus ojos.
Nikolai cruzó la habitación. Su paso, pausado y seguro, la hizo retroceder un milímetro hasta que su espalda rozó la madera de una estantería. Él extendió la mano, le quitó la copa con suavidad y la dejó sobre la mesa auxiliar sin apartar los ojos de los suyos.
—No quiero hablar de los niños, Leonor.
La voz le salió baja, ronca, directa a romperle la calma.
—¿Ah, no? ¿Y de qué quiere hablar el implacable Nikolai? —desafió ella. Levantó el mentón, pero el temblor en su labio inferior delató que el aire ya le faltaba.
—De nosotros. De los quince años que perdí mirándote respirar sin poder tocarte.
Nikolai dio el paso definitivo. Sus manos, grandes y calientes, se asentaron en la cintura de Leonor con una firmeza que la pegó a su cuerpo. Ella soltó un suspiro ahogado, impactando las palmas de sus manos contra su pecho rígido. El latido del corazón de Nikolai golpeaba con fuerza desbocada bajo la tela gris.
Él inclinó el rostro, rozando su nariz con la de ella, obligándola a saborear su cercanía antes de atacar.
El beso no tuvo preámbulos tiernos. Fue la contención de una vida entera desbordándose en un segundo. Nikolai atrapó su labio inferior con urgencia, devorándola con una desesperación que le aflojó las piernas a Leonor. Ella se aferró a su cuello, enredando los dedos en su cabello, respondiendo con la misma rabia y necesidad de una mujer que se creía destinada a la soledad.
Nikolai bajó la boca por su mandíbula. Dejó un rastro de caricias húmedas y mordiscos cortos en su cuello que hicieron que Leonor arqueara la espalda, soltando un jadeo que golpeó la piel de él.
—Me vas a volver loco —murmuró él, apretándola contra sus hombros con una fuerza que la hizo estremecer—. Dios, Leonor... eres perfecta.
Leonor apoyó las manos en sus mejillas, frenándolo a duras penas. Tenía los ojos empañados y el rostro encendido.
—No soy perfecta, Nikolai. Ya no tengo treinta años.
La confesión sonó cruda, desnudando la inseguridad que la había perseguido durante años.
Nikolai la miró fijo, con devoción en sus pupilas. No hubo dulzura condescendiente, sino una verdad absoluta. Le besó el párpado derecho, luego el izquierdo, y regresó a milímetros de su boca.
—Tenemos la misma edad, Leonor. Y he pasado los últimos quince amando cada línea de tu cuerpo, cada rincón de tu alma. Para mí eres el principio y el fin de todo.
—Tu turno —murmuró Leonor, con una nueva confianza naciendo en su mirada.
Nikolai sonrió, fue una sonrisa abierta y masculina que le devolvió el aliento. Se incorporó un poco y ella, con dedos torpes pero ansiosos, comenzó a desabotonar su camisa. Cada botón liberado revelaba el torso firme, marcado por los años de disciplina, de un hombre maduro y poderoso. Cuando la camisa cayó al suelo, Leonor deslizó las palmas de sus manos por su pecho, deleitándose con la calidez de su piel y el latido desbocado de su corazón.
Nikolai se deshizo del resto de su ropa con movimientos rápidos, urgentes, transformando la ternura del inicio en un deseo voraz. Cuando volvió a cubrir el cuerpo de Leonor con el suyo, la fricción de la piel desnuda desató una tormenta contenida por demasiado tiempo.
—Leonor... —pronunció su nombre como si fuera una plegaria antes de buscar su boca en un beso hambriento, salvaje.
Él se acomodó entre sus piernas, elevando sus caderas con una de sus manos grandes. La miró fijamente, asegurándose de que ella estuviera lista, de que lo deseara tanto como él. Al ver la entrega total en los ojos oscuros de la condesa, Nikolai se unió a ella en una embestida lenta, profunda y firme que hizo que ambos emitieran un gemido unísono que se perdió en las vigas del techo.
El ritmo empezó pausado, como una danza de reconocimiento madura y sensual, pero el fuego los consumió rápido. Nikolai comenzó a moverse con mayor intensidad, cada embestida era más profunda, más certera, arrancando de los labios de Leonor jadeos erráticos y gemidos agudos que ella intentaba ahogar mordiéndose el labio inferior.
—No te contengas —le pidió él al oído, con la respiración agitada, mientras el sudor hacía brillar sus hombros—. Déjame escucharte. Quiero saber que eres mía.
Leonor se aferró a su espalda, clavando las uñas en sus hombros mientras se arqueaba hacia él, entregándose por completo al ritmo frenético y delicioso que Nikolai imponía. La biblioteca se llenó del sonido de sus respiraciones entrecortadas, del roce de los cuerpos y de murmullos de amor en mitad de la noche.
El clímax los alcanzó juntos, como una ola inevitable. Leonor tensó todo su cuerpo con un grito ahogado que Nikolai sepultó con un beso apasionado, mientras él se entregaba por completo en una última y poderosa embestida, estremeciéndose sobre ella, derramando el amor y el deseo de media vida en el calor de su mujer.

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