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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 181

Arthur eligió una muñeca de trapo preciosa, con un vestido colorido y trenzas de lana; por supuesto, pagada con la tarjeta de Dominic. Cuando llegaron al apartamento, Grace ya estaba allí y recibió al pequeño Arthur con un abrazo lleno de cariño, haciéndolo sentir bienvenido de inmediato.

Derek y Doménica no tardaron en aparecer corriendo por el pasillo. Al ver a la niña, Arthur dio un paso al frente con timidez pero decidido, extendiéndole el paquete.

—Te traje un regalo —le dijo el niño.

—¡Gracias! —exclamó Doménica, abriendo el envoltorio a toda prisa. Al ver la muñeca, sus ojos brillaron—. ¡Me encanta, está hermosa!

Derek, que observaba la escena cruzado de brazos y con una madurez que no correspondía a su edad, dio un paso al frente y miró al pequeño Arthur con seriedad comercial.

—Yo soy el hermano de tu novia, así que también debes traerme regalos a mí —sentenció el niño con total naturalidad—. De esa forma, yo la cuido y te aseguro que nadie se le acerque mientras tú no estás.

Dominic, que observaba desde el umbral, no pudo evitar que una sonrisa de absoluto orgullo se dibujara en su rostro al ver el nivel de negociador que se gastaba su hijo a tan corta edad. Heredero legítimo de su sangre.

—¡Derek! —lo reprendió Grace de inmediato, mirándolo con severidad—. No seas convenenciero, no tienes por qué pedirle nada.

—Es un Pierce, Grace, sabe cómo hacer buenos negocios y asegurar sus activos —intervino Dominic con tono divertido, defendiendo la audacia del niño.

Grace rodó los ojos, dándose la vuelta hacia la cocina, aunque con una sonrisa divertida en los labios.

—Pues a los futuros CEOs también hay que ponerles límites, Dominic. No malcríes sus mañas.

Los tres niños se fueron corriendo a la habitación para empezar a jugar, dejando a la pareja a solas. Dominic se acercó a Grace por la espalda, rodeando su cintura con sus brazos y apoyando la barbilla en su hombro, disfrutando de la paz que solo ella le transmitía.

—¿Qué preparas? —le susurró, aspirando el aroma de su cuello.

—Una cena ligera, pasta con una salsa suave —respondió ella, removiendo el contenido de una olla con una cuchara de madera.

Dominic la apretó un poco más contra su cuerpo, mirando el movimiento de sus manos.

—He estado pensado que deberíamos buscar a alguien que se encargue de todas estas labores de la casa —sugirió él con tono protector—. Estás embarazada, Grace, no quiero que te agotes.

Grace sonrió, apagando el fuego de la hornilla antes de girarse entre sus brazos para mirarlo de frente, con esa chispa de independencia que tanto lo volvía loco.

—Tú lo has dicho, Dominic: embarazada, no incapacitada. Me siento perfectamente bien y me relaja cocinar para nuestra familia. No exageres.

Él iba a replicar, dispuesto a ganar esa discusión por el bien de su salud, cuando su teléfono personal comenzó a sonar de manera estridente desde el bolsillo de su saco. Rompiendo la burbuja de intimidad, el CEO sacó el aparato y miró la pantalla.

Dominic no perdió un solo segundo más. Dio media vuelta, tomó las llaves de su auto y salió corriendo del apartamento, arrastrado por el pavor de volver a perder a la madre que apenas acababa de recuperar, entró al hospital, con la respiración entrecortada y el pánico reflejado en la mirada.

Al llegar al piso de la unidad coronaria, se topó con un escenario que le heló la sangre por completo. Había oficiales de policía acordonando el pasillo, enfermeras murmurando con evidente nerviosismo y un caos absoluto que no lograba comprender.

—¿Qué ocurrió aquí? ¡¿Qué pasó con mi madre?! —exclamó Dominic, deteniendo al primer oficial que se le cruzó en el camino, con la voz cargada de una furia desesperada.

Antes de que el policía pudiera responder, el director del hospital salió de la habitación de Leonor con el rostro desencajado y una carpeta entre las manos. Al ver al CEO, se acercó a paso rápido, visiblemente tenso.

—Lo sentimos mucho, señor Pierce... pero ese hombre, el tal Nikolai, se llevó a su madre —informó el director, con un tono que mezclaba el temor y la vergüenza.

Dominic se quedó petrificado, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies. La mandíbula se le tensó al límite y sus ojos oscuros se clavaron en el médico de forma letal.

—¿Qué? —soltó Dominic en un rugido sordo, acortando la distancia—. ¡¿Cómo que ese hombre se llevó a mi mamá?! ¡Yo mismo le di la orden de que la cuidara! ¿Por qué demonios se la llevaría?

El director del hospital retrocedió un paso, intimidado por la imponente y peligrosa presencia del millonario.

—No lo sabemos con certeza, señor Pierce —explicó el médico, señalando hacia el pasillo—. Lo planeó todo muy bien, con una precisión quirúrgica. Aprovechó el cambio de turno del personal, falsificó una orden de traslado médico de alta prioridad y burló toda la seguridad del hospital sin levantar una sola sospecha. La condesa Eleonora fue secuestrada por ese hombre, y no hay rastro de ellos en ninguna parte.

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