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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 150

El médico, manteniendo la calma con profesionalismo, le retiró las manos con firmeza y lo miró con severidad.

—Señor Pierce, por favor, calme sus impulsos y recuerde dónde estamos —sentenció el médico con voz cortante—. Esto es Nueva York. Estamos bajo la jurisdicción de las leyes federales más estrictas. Aquí el dinero de los Pierce no puede comprar un corazón de la noche a la mañana, ni saltarse el orden de prioridad de miles de pacientes que llevan meses conectados a máquinas esperando una oportunidad. No funciona así, no hay privilegios. O aparece un órgano compatible por las vías legales en las próximas setenta y dos horas, o no habrá absolutamente nada que sus millones puedan hacer para salvarla.

Dominic retrocedió un paso, sintiendo que el pasillo del hospital se volvía cada vez más estrecho. La negativa del médico lo dejó sin aliento, atrapado en una realidad donde su dinero, por primera vez en la vida, no servía para nada. Pasó una mano temblorosa por su cabello, con la mirada perdida y la desesperación desbordándosele por los poros.

—¿Pero cómo? —soltó Dominic, con un hilo de voz que delataba su total impotencia—. ¿Cómo carajos consigo un corazón para mi madre entonces? ¿De dónde lo saco si se está muriendo? ¡Dígame qué tengo que hacer!

Nikolai, que había permanecido en silencio observando el quiebre del soberbio CEO, dio un paso al frente. Su rostro seguía siendo una máscara de severidad, pero la urgencia del momento lo obligó a hablar con crudeza.

—En este país no puede comprar un órgano, Pierce —intervino Nikolai con su voz ronca—. Pero usted tiene un imperio. Su abuela usó su poder para destruirla; use el suyo ahora para mantenerla viva. Monitoree cada hospital de la costa este, ponga a trabajar a sus abogados, a sus contactos en el gobierno. Si un donante compatible fallece en cualquier estado cercano, usted necesita estar listo para mover ese órgano en minutos.

El médico asintió levemente, validando las palabras del ruso, y miró a Dominic con fijeza.

—El señor tiene razón, Dominic. La única forma legal de acelerar esto es la logística extrema. Si el sistema detecta un donante compatible en cualquier punto del país, el traslado debe ser inmediato. Un corazón solo resiste cuatro horas fuera del cuerpo. Necesitamos un avión privado con un equipo médico listo en la pista de despegue las veinticuatro horas, permisos de vuelo de emergencia aprobados y helicópteros listos para volar en cuanto suene el teléfono. Eso es lo único que sus millones pueden comprar en este momento: tiempo y velocidad.

Dominic tragó saliva con dificultad, sintiendo que la culpa le aplastaba el pecho, pero la adrenalina del hombre de negocios y el instinto del hijo que deseaba enmendar su error se encendieron en su interior. Sacó el teléfono del bolsillo del saco con las manos aun temblando, listo para activar toda la maquinaria de las Empresas Pierce y arrebatar a su madre de las garras de la muerte.

Dominic apretó el teléfono contra su oreja, caminando con paso errático por el pasillo del hospital mientras Nikolai lo observaba en silencio, con los brazos cruzados y el rostro severo. En cuanto la voz de Grace inundó la línea, Dominic ni siquiera la dejó saludar. Su voz sonó ronca, cargada de una desesperación que jamás había mostrado.

—Grace, te tengo una misión importante —soltó Dominic, atropellando las palabras—. Mi madre se está muriendo en este momento. Necesita un corazón nuevo con urgencia. No me importa el dinero, no me importa lo que tenga que pagar. Necesito que despliegues a todo nuestro equipo legal y de logística. Busca un donante compatible en los hospitales de Pensilvania, Massachusetts, Ohio o Illinois. Tienen que ser esos estados por el tiempo de vuelo, ya. Mueve cielo y tierra, Grace. Te lo ruego.

Grace se quedó helada en medio de la cocina, sosteniendo el teléfono con fuerza mientras procesaba la magnitud de la tragedia. La vulnerabilidad en la voz de Dominic la golpeó directo en el pecho. No había tiempo para preguntas.

—Entendido, Dominic. Me encargo ahora mismo —respondió ella con firmeza, colgando de inmediato para ponerse en marcha.

Giró sobre sus talones y miró a Rose, quien la observaba con evidente preocupación desde la barra. Los mellizos terminaban de desayunar, ajenos al caos de los adultos.

—Rose, por favor, deja a los niños en la escuela hoy —le pidió Grace, con un tono de urgencia que no admitía réplicas mientras tomaba sus llaves y su bolso—. Tengo una emergencia en la empresa.

Dominic entró con pasos lentos y torpes a la habitación. El sonido rítmico, agudo y constante del monitor cardíaco inundó sus oídos, marcando los latidos débiles y erráticos de Eleonora. Al acercarse a la camilla, se detuvo en seco. El impacto visual lo golpeó con violencia. Su madre, la mujer que la noche anterior lucía imponente y deslumbrante en su vestido de encaje plateado, ahora parecía un cuerpo sin vida. Estaba completamente pálida, con la piel fría y con un tono grisáceo. Un grueso tubo de plástico salía de su boca, conectado a un respirador mecánico que subía y bajaba su pecho de manera artificial. Varias sondas y vías intravenosas perforaban sus brazos, inyectándole los medicamentos que apenas la mantenían viva.

El remordimiento estalló dentro de Dominic como una fuerza física. Las piernas le fallaron y cayó de rodillas al suelo, a un lado de la cama. Agarró la mano inerte y fría de su madre entre las suyas, y un llanto amargo, contenido por décadas, le fracturó la garganta. Las lágrimas comenzaron a correr sin control por sus mejillas, empapando su rostro.

—Perdóname... Dios mío, mamá, perdóname —sollozó Dominic, apoyando la frente contra el borde del colchón, llorando como un niño pequeño que ha sido abandonado en la oscuridad—. Perdóname por cómo te traté anoche. Por las crueldades que te dije.

El llanto lo ahogaba, obligándolo a tomar aire con desesperación antes de continuar, sin soltar la mano de Eleonora.

—Durante años... la abuela alimentó mi rencor hacia ti. Cada día de mi vida me repitió que no te importábamos, que te habías ido porque no nos querías. Y yo le creí. Pasé toda mi vida preguntándome por qué nos habías abandonado, qué había hecho yo mal. Pensé... pensé que tal vez no estabas orgullosa de mí, que yo no era suficiente para ti. Por eso me esforcé tanto. Por eso me convertí en este CEO poderoso y despiadado, para demostrarle al mundo, y para demostrarte a ti, que valía la pena. Todo lo que hice fue para llenar ese vacío.

Dominic apretó la mano de su madre contra su mejilla, sintiendo el frío de su piel mezclarse con el calor de sus lágrimas. Su cuerpo temblaba por completo, sacudido por espasmos de puro dolor y arrepentimiento crudo.

—Crecí lleno de traumas, de miedos, con terror a que me volvieran a dejar solo. Me volví de hielo para que nadie me hiciera daño. Y cuando te vi anoche, todo ese dolor acumulado se convirtió en rabia y te ataqué. Fui yo... yo te hice esto. Fui el monstruo que terminó de apagar tu corazón. Te lo ruego, mamá, no te mueras. Tienes que vivir. Tienes que darme la oportunidad de enmendar esto. No me dejes ahora que sé la verdad. No te mueras, por favor, quédate conmigo.

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