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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 151

Grace colgó el teléfono de la central de operaciones de Pierce Global y arrojó el aparato sobre el escritorio. Tenía tres pantallas encendidas frente a ella con los mapas clínicos de Pensilvania, Massachusetts, Ohio e Illinois. Maxwell estaba sentado a su lado, con la computadora portátil sobre las rodillas, digitando a una velocidad endiablada mientras hablaba por el manos libres.

—Tengo dos contactos en la red hospitalaria de Boston, Grace —informó Maxwell, con la voz tensa—. Están cruzando datos de pacientes con muerte cerebral reciente. Si sale un donante compatible con el tipo de sangre de la condesa, nos avisan de inmediato.

—Bien. Yo ya contacté a la firma de abogados en Chicago para que agilice los permisos de la FAA en caso de que necesitemos un vuelo supersónico desde Illinois —respondió Grace, tecleando con firmeza—. No podemos perder ni un solo segundo si ese teléfono suena.

La puerta de la oficina se abrió de golpe, interrumpiéndolos. André entró con el rostro rígido, sosteniendo una carpeta de cuero negro entre las manos. Su postura era soberbia, pero la agitación en sus ojos delataba que venía con problemas.

—Grace, tenemos una crisis —soltó André, plantándose frente al escritorio sin mirar a Maxwell—. El consorcio asiático acaba de enviar un comunicado formal. Quieren rescindir el contrato y cancelar toda la negociación debido al escándalo mediático y los incidentes de anoche en el cóctel. Dicen que la reputación de los Pierce está por los suelos.

Grace se puso de pie lentamente. No había un ápice de duda en sus movimientos. Apoyó las palmas de las manos sobre el escritorio y clavó sus ojos en André con una frialdad destructiva.

—Me importa un bledo el consorcio asiático, André. Y me importas un demonio tú —espetó Grace, con una voz tan firme y afilada que congeló el ambiente.

—¿De qué estás hablando? Es la transacción del año, si esto se cae perdemos millones...

—¡Al diablo con tus millones! —lo interrumpió ella, dándole un golpe seco al escritorio—. En este maldito segundo el dinero es lo último que me interesa. La madre de Dominic se está muriendo en un hospital y estamos buscando un corazón para salvarla. Así que hazme el maldito favor de largarte con tus carpetas al mismísimo infierno.

André dio un paso atrás, estupefacto ante la agresividad y el poder que emanaba de la mujer.

—Tú no puedes dejar caer las acciones por un asunto personal...

—Tú tuviste la culpa de lo que pasó anoche —le recriminó Grace, rodeando el escritorio con paso firme, arrinconándolo contra la puerta—. Te confabulaste con Charlotte para armar esa emboscada. Creíste que aliándote con la anciana mantendrías tu estatus, pero escogiste muy mal el bando, André. Te juro por mi vida que vas a pagar cada una de tus jugadas.

Grace estiró la mano y presionó el botón del intercomunicador de la pared.

—Seguridad, suban de inmediato a mi oficina —ordenó sin apartar la mirada de un André petrificado—. Saquen al señor del edificio ahora mismo. Y si vuelve a pisar el piso ejecutivo, lo meten a la cárcel por invasión a la propiedad privada.

—Te vas a arrepentir Grace Scott —amenazó él.

—Por miedo, Pierce —respondió el ruso con voz ronca—. Eran muchos años de ausencia. Ella no sabía en qué clase de hombre se había convertido usted bajo la crianza de esa bruja.

—Pero se tardó décadas —reclamó Dominic, apretando los puños mientras el pecho se le sacudía por la tristeza—. ¡Tantos años dejándome creer que nos había abandonado voluntariamente!

—Porque no tenía dinero, Pierce. Su madre era prácticamente una mendiga cuando la echaron a la calle —soltó Nikolai con crudeza—. Charlotte le cerró todas las puertas, congeló sus cuentas, le quitó el apellido y se encargó de que ningún banco ni contacto le diera un solo centavo. Estaba sola.

Dominic sintió un escalofrío helado. La rabia contra su abuela comenzó a mezclarse con el dolor en su estómago.

—¿Entonces cómo conoció al conde Van de Berg? —exigió saber, dando un paso hacia el ruso.

Nikolai exhaló un suspiro amargo, desviando la mirada por un segundo antes de clavar sus ojos verdes en el CEO.

—Fue engañada, Pierce. Personas malas la sacaron del país bajo falsas promesas y la llevaron a Europa para trabajar de... usted sabe qué. En una red de trata. Como era una mujer bella, refinada y distinguida, la subastaron una noche al mejor postor en un club.

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