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La amante despreciada del CEO romance Capítulo 149

Dominic llegó corriendo al hospital, con la respiración entrecortada y el nudo de la corbata flojo. Cruzó las puertas automáticas a toda velocidad y se plantó frente al mostrador de recepción, golpeando la superficie con ambas manos.

—La condesa Eleonora Van... Van de Berg —soltó Dominic, atropellando las palabras debido a la agitación—. ¿En qué habitación está?

La recepcionista lo miró con sorpresa ante su evidente desesperación, pero tecleó rápido en el sistema.

—Está en el piso de cardiología, señor. Unidad de cuidados intensivos.

Dominic ni siquiera esperó el ascensor. Subió las escaleras a zancadas, sintiendo que el corazón le golpeaba con fuerza las costillas. Al salir al pasillo de la unidad, divisó la imponente figura de Nikolai caminando de un lado a otro. El hombre se detuvo en seco al verlo llegar. Su rostro se transformó en una máscara de desprecio puro y caminó con paso firme hasta cerrarle el paso.

—¿Qué quiere aquí, Dominic? —espetó Nikolai con voz ronca y el acento ruso marcado—. ¿Viene a comprobar que su madre se está muriendo?

Dominic palideció por completo. La palabra resonó en sus oídos como un disparo de cañón y dio un paso atrás, sintiendo un vacío helado en el estómago. El shock lo paralizó por un segundo.

—¿Muriendo? —consiguió articular Dominic, con la voz ahogada—. Eso no puede ser... Ella se veía como una mujer totalmente sana anoche. Estaba perfecta.

—Entonces, si eso piensa, ¡váyase! —le siseó Nikolai, dándole un empujón en el pecho con el índice—. No la atormente más. Déjela morir en paz. Ya le hizo suficiente daño.

—¡Soy su hijo y quiero saber qué tiene! —rugió Dominic, recuperando la firmeza mientras la desesperación lo desbordaba.

—Un hijo cuida a su madre, no la destroza como usted lo hizo anoche —le recriminó Nikolai, encarándolo sin un gramo de miedo—. Su corazón ya estaba gravemente afectado por todo el veneno y el sufrimiento del pasado, y el asco de espectáculo de ayer no lo resistió. Váyase.

—¡No, no me voy a ir! ¡Tengo derecho a saber! —gritó Dominic, perdiendo los estribos por completo ante la impotencia. Giró la cabeza hacia las puertas de doble hoja del pasillo—. ¿En dónde está el médico a cargo? ¡Quiero hablar con el cardiólogo ahora mismo! ¡Salga!

Las puertas se abrieron de golpe con un estruendo y el cirujano jefe salió al pasillo con el rostro endurecido, fulminando a Dominic con la mirada.

Cada palabra del médico cayó sobre Dominic como un mazazo de realidad. Sintió un vacío violento en el estómago y el aire dejó de entrar en sus pulmones. No hacían falta más explicaciones ni más pruebas. El patrón del que Grace le había hablado en la sala de su casa se materializaba ante sus ojos con una crueldad milimétrica. Charlotte la había envenenado. Su abuela había destruido la vida y la salud de su madre, y él, la noche anterior, se había encargado de darle el golpe de gracia con su desprecio.

«Esto lo vas a pagar caro Charlotte. Lo juro»

Dominic se sintió el peor hijo del mundo, el ser más miserable y culpable sobre la tierra. Las piernas le temblaron tanto que no pudo sostener su propio peso; dejó caer su cuerpo con brusquedad en una de las sillas plásticas del pasillo, escondiendo el rostro entre las manos mientras la impotencia le quemaba el pecho.

—No... —susurró Dominic, con la voz rota, completamente desarmado—. No, ella no se puede morir. Ella tiene que vivir.

Se puso de pie de golpe, agarrando al médico por las solapas de la bata con una desesperación salvaje que asustó a las enfermeras que pasaban.

—No me importa cuánto cueste un corazón nuevo —bramó Dominic, con los ojos inyectados en sangre y la mandíbula temblando—. Mueva el cielo y la tierra, use todos mis fondos, compre lo que tenga que comprar. Páguele a quien sea necesario para que ella sea la prioridad absoluta en la lista de espera de órganos. ¡Haga lo que sea!

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