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HUÍDA SUYA, LOCURA MÍA romance Capítulo 2

—¡Ah, un primo! —El director lo saludó con entusiasmo, escudriñando a Fabrizio de pies a cabeza. El porte de aquel hombre no era el de un pariente cualquiera.

—Con esta lluvia tan fuerte, los caminos en la montaña están muy peligrosos. ¿Por qué no se queda a pasar la noche? Podrá irse mañana cuando escampe.

Fabrizio observó cómo la tormenta arreciaba. A lo lejos, los arroyos de la montaña ya se veían turbios y bajar en esas condiciones era un riesgo innecesario.

—Me parece bien —aceptó.

——

Valeria lo guio hasta su pequeño cuarto.

La habitación estaba justo detrás de las aulas; apenas tenía unos diez metros cuadrados, un balcón diminuto y un baño apretado.

El mobiliario era extremadamente modesto: una cama, un escritorio, un par de sillas y un armario despintado en un rincón. Eso era todo.

—¿Aquí es donde vives? —La mirada de Fabrizio recorrió el lugar hasta fijarse en el rígido colchón, frunciendo el ceño.

—¿Acaso los Ferrero no te dan dinero y por eso tienes que venir a jugar a la pobreza?

—Aquí se está bien —respondió Valeria—. Es tranquilo.

—¿Tranquilo? —Fabrizio soltó una risa irónica—. Qué forma tan peculiar de ejercer de señora Ferrero.

Señora Ferrero.

Valeria sintió un nudo en la garganta.

Sí, llevaba ese título desde hacía dos años y ocho meses.

Pero, a fin de cuentas, todo se sostenía gracias a un frío contrato.

El plazo de tres años estaba a punto de cumplirse.

Y entonces, ni siquiera ese título falso le quedaría.

Sin responder a sus provocaciones, acercó una silla.

—Toma asiento. Voy a buscar algo para cenar.

La escuela de Lomas Altas estaba cerca del municipio local, y gracias a las gestiones del director, los maestros solían comer allí.

La comida era sencilla, pero mucho mejor que vivir de sopa instantánea.

Él no dijo nada y solo la observó salir a toda prisa.

Poco después, Valeria regresó con la cena: un guiso casero, arroz y sopa, todo servido en bandejas.

Comieron en completo silencio, al punto de que solo se escuchaba el tintineo de los cubiertos.

Fabrizio no tenía mucho apetito y, de reojo, la miraba dar pequeños bocados.

—¿Cuánto tiempo más piensas quedarte en este agujero?

—Mi tiempo como voluntaria es de un año. Ya casi termina.

—Ah —él torció la boca en una sonrisa cínica—. Yo creí que planeabas echar raíces en este paraíso perdido y vivir como ermitaña por el resto de tus días.

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