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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 769

Sofía detuvo el paso y bajó la mirada.

Sus pestañas largas y finas temblaron suavemente, como si cada parpadeo golpeara directo el pecho de Alfonso.

Él apretó los labios, la garganta le palpitaba al ritmo de su corazón desbocado.

—Habla —aventó, incapaz de aguantar el silencio.

Quizá la espera se alargó demasiado, y Alfonso ya no pudo contenerse, así que soltó la orden, aunque sentía un nudo en la garganta y un sabor amargo le subía hasta los ojos.

Sofía, al fin, levantó la mirada. Sus pupilas brillaban con destellos de duda, pero alcanzó a notar la súplica en la voz de Alfonso.

Aun así, se aferró a su decisión.

—Ya te dije todo lo que tenía que decir.

Su voz era suave, pero cada palabra le retumbó a Alfonso en el pecho, provocando que su esperanza subiera y bajara hasta estrellarse y perderse por completo.

Un zumbido le retumbó en los oídos.

—¿Cómo? ¿Qué significa eso? —preguntó, incapaz de resignarse.

Quiso tomarle la mano, pero Sofía se apartó con delicadeza; ese gesto le atravesó los ojos y le quitó el valor para volver a intentarlo.

—¿Ni siquiera terminaste de hablar y ya te vas a ir? —exclamó Alfonso, viendo que ella ya quería marcharse. De golpe, la sujetó del brazo—. No te lo permito.

Sofía giró el rostro. Su corazón, que minutos antes estaba duro como piedra, titubeó un instante.

Alfonso, sin saber en qué momento, tenía los ojos llenos de lágrimas; su voz sonó ahogada:

—Sofi, es mi culpa… No creí que ellos fueran a buscarte por su cuenta. No me hagas esto, por favor.

Pero el rostro de Sofía no mostró emoción alguna. Solo extendió su mano y, uno a uno, fue soltando los dedos de Alfonso.

Él se quedó quieto, mirando atónito cómo cada uno de sus dedos quedaba libre.

La voz de Sofía, serena y cercana, retumbó en su oído:

—Vete a casa. Todos te están esperando.

—Tú y yo nunca fuimos el uno para el otro. Nunca pensé que entre nosotros pudiera haber algo.

Dicho esto, se marchó sin mirar atrás.

La señora Castillo, que observaba todo desde lejos, vio como al final Alfonso se quedó solo en medio del camino. No soportó la escena y se acercó para tratar de llevarlo de vuelta a la casa.

Lo jaló de la manga, pero Alfonso ni siquiera se movió.

—Mamá, ella ya no me quiere.

Su voz, apagada, se deshizo en el aire junto con la llovizna que comenzaba a caer.

La señora Castillo se quedó pasmada, y respondió, casi por instinto:

—¿De verdad tiene que ser tan importante para ti? ¿No ves que aquí todos te queremos, que la familia Castillo siempre va a estar contigo?

—No es lo mismo —contestó Alfonso, como si fuera un suspiro desgarrado.

Dio media vuelta, y su figura se veía vacía, apagada.

Su cuerpo, tan alto y siempre tan seguro, tambaleó; dio unos pasos inseguros, como si en cualquier momento fuera a caer.

La señora Castillo, desde atrás, lo miró marcharse solo a su habitación, sintiendo cómo el miedo le apretaba el pecho.

Jamás había visto a Alfonso así. Ni siquiera cuando discutía o se peleaba con sus hermanos, siempre se mostraba orgulloso, casi arrogante.

Ahora parecía un títere al que le habían cortado los hilos.

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