Sofía sí notó la mirada dura de Mirella, pero no le dio importancia. Mantuvo su sonrisa apacible, como si nada.
Al final, Mirella se marchó tambaleando, llevándose a Mauro y Olivia.
Tan pronto se fue la que llevaba la batuta, los reporteros —que de por sí habían sido convocados por los Ardila— se miraron entre sí, con el cuero cabelludo erizado.
—Ustedes han visto todo lo que pasó aquí, ¿no? —Sofía alzó una ceja y los miró de frente—. Depende de ustedes si van a contar las cosas como son o si van a seguir el guion que Mirella les dio. Hagan lo que quieran.
Dicho esto, agitó la mano para que se retiraran.
Los periodistas salieron disparados, casi huyendo del lugar, y ya en el pasillo seguían con el corazón en la garganta.
[¿Y ahora cómo vamos a seguir el plan de Mirella?]
[¿No que no había nadie de Sofía infiltrado entre nosotros?]
[Ni modo, nos tocó mala suerte.]
Se resignaron, mascullando para sí.
Ya con todo resuelto, solo quedaron Sofía, su grupo e Isidora en la oficina.
A Isidora le sudaban las manos; sentía un frío recorriéndole la espalda.
Justo entonces, Sofía giró la mirada hacia ella. Su mirada se posó sobre Isidora con lentitud, haciendo que el ambiente se volviera más tenso.
—Isidora, gracias por llevar a la abuelita y los demás a desayunar. Si no, para cuando termináramos aquí ya sería casi mediodía.
Lo dijo con una sonrisa, pero la atmósfera seguía cargada de tensión.
Isidora sintió que los dientes le castañeaban, así que solo pudo forzar una risa y responder con torpeza:
—Es lo que debía hacer.
—¿Debías hacerlo? —Sofía repitió con voz filosa, frunciendo un poco los labios, apenas esbozando una sonrisa que no era nada amable—. Isidora, según recuerdo, ya te había despedido. ¿Por qué estabas ese día en Grupo Rojas?
El filo en sus palabras hizo que la sonrisa de Isidora se congelara.
—Eso... debe haber sido un error. Justo pasé por ahí y vi a la tía abuela y los demás...

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