Jasper murmuraba acusando, pero su mirada estaba sumida en una tristeza profunda mientras observaba a los dos.
—Sofía, ¿por qué dejas que él viva en tu casa?
Avanzó un paso, y con la pijama que llevaba, su silueta se veía tan frágil como una hoja de papel, como si en cualquier momento pudiera ser arrastrado por el viento.
Apenas Alfonso escuchó eso, levantó una ceja y, en un gesto de adueñarse del territorio, puso la mano sobre el hombro de Sofía.
—Esa pregunta debería hacértela yo. A ver, gran músico internacional, ¿ni para pagar un hotel te alcanza?
La atención de Jasper se desvió hacia Alfonso, y la cara de niño abandonado se esfumó de inmediato. Ahora parecía un lobo al que le habían invadido la cueva.
—¿Y tú? ¿Por qué no te quedas en un hotel?
—Obvio, porque Sofi no me deja ir. —Alfonso levantó la cabeza con orgullo, pegándose aún más a Sofía solo para molestar.
El gesto hizo que a Jasper hasta se le chisporroteara la mirada de rabia. Se volvió hacia Sofía, mirándola con una expresión tan lastimera que hasta daba pena.
—¡Sofía!
Intentó tomarle la mano a Sofía, pero Alfonso, más rápido que el rayo, le apartó la mano y le lanzó una mirada llena de amenaza.
Los ojos azules de Jasper brillaron con una chispa gélida, aunque por fuera seguía pasmado.
Apretó los dedos, y en sus pupilas empezó a formarse un brillo húmedo, como si estuviera a punto de llorar.
—Ya basta.
Sofía, con una mano cruzada sobre el pecho y otra en la sien, interrumpió la escena con voz cansada.
—A ver, díganme de una vez, ¿por qué andan peleando?
—Yo no hice nada, solo seguí a Teresa al segundo piso, y cuando pasé por una habitación, él abrió la puerta y de la nada me soltó un golpe.
Alfonso hizo puchero, quejándose con Sofía como si buscara que lo apapacharan, pero en sus ojos se notaba esa chispa de emoción traviesa, tan descarada que ni siquiera la disimulaba.
Jasper, al ver ese gesto, sintió que el estómago se le iba al suelo. Cerró el puño y replicó:
—¡Fue él quien se metió al segundo piso!
Alfonso casi dejó escapar un suspiro de admiración.
—Así se habla, Sofi.
Se apresuró a acercarse, tomándole el brazo a Sofía con ánimo conciliador.
Si la hacía enojar de verdad y terminaba echando a todos de Villas del Monte Verde, ¿dónde se iba a quejar entonces?
Pensó en eso en silencio, moviendo los ojos de un lado a otro, como si tramara algo, pero Esther captó la jugada y puso los ojos en blanco.
—Ya ven, luego dicen que los hombres no son mañosos.
—En estos días buscas un hotel, no tienes por qué seguir quedándote en Villas del Monte Verde.
Sofía miró a Jasper con tono firme, sin dejar espacio para protestas.
Apenas lo dijo, Jasper se tambaleó. Buscó la mirada de Sofía, pero ella solo le devolvió una expresión dura, implacable. Fue como si su corazón cayera a un abismo y se hiciera pedazos.
Abrió la boca para hablar, pero las palabras se le atoraron en la garganta. No pudo decir ni una sílaba.

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