Olivetto iba creciendo cada vez más, y la familia Santana había pensado en expandir sus negocios en esa zona. Sin embargo, Santiago no parecía estar muy dispuesto. Tras varios intentos fallidos y notando que Santiago no cedía, la familia optó por no insistir, para no tensar más la relación con él.
Pero entonces, ¿por qué hoy Santiago se había adelantado y los había invitado personalmente?
—Santi, ¿ya tienes algo en mente? —preguntó el abuelo Castillo, con la voz temblorosa, mientras la señora Castillo le pasaba el teléfono. Se notaba que hacía un esfuerzo por ocultar la emoción que lo embargaba.
—Tengo un proyecto en mente para trabajar con la familia Castillo. Además, podría ayudar a que los Santana expandan su negocio en Olivetto sin problemas —respondió Santiago, levantando la mirada y escondiendo en sus ojos oscuros una serie de planes que no dejaba entrever.
—¿Ah, sí? —el abuelo Castillo no pudo ocultar el interés y el brillo en su mirada.
Siempre había sentido cierta culpa hacia Santiago, así que, normalmente, cualquier llamada suya o petición la cumplía sin rechistar. Sin embargo, en las últimas ocasiones, Santiago solo había llamado para pedirle algo a Alfonso, lo que le había resultado extraño.
Pero esta vez…
—Por supuesto que la familia Santana está dispuesta. Cuéntame, ¿qué tienes en mente? —el abuelo Castillo preguntó, entusiasmado.
Santiago hizo una pausa antes de responder:
—Sobre los detalles del proyecto, dejaré que mi abogado se ponga en contacto con ustedes. Yo los ayudaré, pero tengo una sola condición.
—Dímela —dijo el abuelo Castillo.
—Quiero que Alfonso sea el responsable principal de este proyecto.
Apenas terminó de hablar, cayó un silencio repentino.
El abuelo Castillo y la señora Castillo se miraron, ambos con cierta confusión.
—Santi, ¿acaso Alfonso te causó algún problema cuando estuvo en Olivetto hace poco? —la señora Castillo preguntó con cuidado.
Cuando Santiago mencionó a Alfonso, tanto ella como el abuelo Castillo sintieron alegría, pensando que era prueba de que Santiago seguía valorando a la familia Castillo, así que siempre le ponían atención a sus pedidos. Pero ya eran varias veces, y no podían evitar preguntarse si había algún motivo oculto.
—Pueden negarse si así lo desean —Santiago frunció el ceño, casi sin paciencia.
Si no fuera por Alfonso, él ni siquiera estaría hablando con los Castillo.
—Entiendo —respondió Santiago, y colgó el teléfono sin más.
Si los Santana lo habían solicitado, hasta que ellos no regresaran, Alfonso no tenía forma de irse.
Santiago se frotó las sienes, sintiéndose inquieto.
En su mente, de manera casi involuntaria, aparecieron imágenes de Sofía y Alfonso, sus gestos de complicidad y cercanía. Recordó la forma en que Sofía miraba a Alfonso molesta, y cómo él le susurraba al oído, todo envuelto en esa atmósfera de juego que, en el fondo, estaba cargada de una tensión que lo sofocaba.
Apretó los puños con fuerza. Por primera vez, admitía ante sí mismo su cobardía y su bajeza.
Por sus propios errores, ya no tenía cara para ver a Sofía. Por eso, había recurrido a métodos retorcidos, buscando separar a Alfonso de ella, solo para ganar una mirada, aunque fuera fugaz, de parte de Sofía. Una mirada que ahora ansiaba con desesperación, pero que ya no podía obtener.
¿Cómo no iba a sentir celos si Alfonso, que llegó después, consiguió tan fácil lo que él tanto deseaba?
Santiago soltó un largo suspiro, casi resignado.
Lo que había olvidado era que esa dulzura, esa cercanía, fue algo que él mismo rechazó y dejó ir por su propia decisión.

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