Al cerrar la puerta de la habitación, Santiago giró y volvió a cruzar miradas con Bea.
En realidad, Bea no había dejado de mirarlo desde el principio, con esos ojos grandes y atentos, como si esperara algo de él.
Un sentimiento extraño se arremolinó en el pecho de Santiago, algo difícil de nombrar. Arrastró una silla y se sentó junto a Bea.
Abrió la boca, temiendo sonar demasiado severo, así que suavizó su tono lo más que pudo:
—¿Qué te pasó? ¿Por qué tienes esas marcas?
El hombre, impecable en su traje, interrogando a una niña tan pequeña, resultaba una escena algo cómica. Sin embargo, los ojos de Santiago brillaban con seriedad.
Recordaba cómo Bea había pronunciado claramente la palabra “mamá” al llamar a Sofía. Tal vez podía expresar algo más.
—¡Malo! ¡Malo!
Bea, evidentemente, entendió la pregunta de Santiago. Golpeó sus manitas sobre la cama, el rostro arrugado de enojo.
Santiago frunció el ceño.
—¿Malo?
—¡Ahah malo! ¡Señorita mala!
Bea tartamudeó, repitiendo con esfuerzo.
Santiago registró de inmediato las palabras “Ahah” y “señorita” en su memoria.
“Aún no sé qué es ‘Ahah’, pero ‘señorita’... ¿cómo que Bea tiene una hermana?”, pensó, desconcertado.
Hurgó en su memoria, buscando pistas, pero no encontró nada claro. Así que solo acomodó la manta de Bea con cuidado.
—Tranquila, Bea. Papá va a buscar a mamá.
La palabra “papá” se le atragantó un poco, resultándole extraña en los labios. Pero apenas la pronunció, una sensación de satisfacción insólita le llenó el pecho, tan extraña que casi le provocó una sonrisa.
Con el gesto un poco incómodo, se frotó la punta de la nariz y se puso de pie. Se acomodó de nuevo el abrigo sobre los hombros, recuperando la postura del presidente Cárdenas: ese hombre al que todos obedecían sin rechistar.
Solo que, esta vez, su mirada sobre Bea era distinta. Había en sus ojos una determinación imposible de ignorar.
—Quiero todas las cámaras del hospital revisadas. Si este tipo aparece en alguna, guarden ese video y averigüen hacia dónde salió al final.
Santiago lanzó la orden con voz firme y seca. Todos a su alrededor —guardias y expertos en seguridad— se pusieron manos a la obra, las manos volando sobre los teclados y los walkie-talkies.
El hospital entero se llenó de movimiento. Por los pasillos se veían guardias caminando a paso rápido, y la tensión se sentía espesa, como el aire antes de una tormenta.
Santiago se frotó la frente, la impaciencia creciendo en su interior, hasta que una enfermera lo llamó. Bea seguía llorando y no podían lograr que comiera.
Curiosamente, en cuanto Santiago vio a Bea de nuevo, la presión en su pecho se disipó un poco, como si una brisa fresca hubiera barrido sus preocupaciones.
Siguió con cuidado las indicaciones del pediatra y, aunque algo torpe, tomó a Bea en brazos y la acunó con suavidad.
Bea se calmó de inmediato, aunque seguía con las mejillas húmedas y los ojitos llorosos.
—¡Mamá! —sollozó la pequeña.
Santiago se inclinó hacia ella y, ahora sí, pudo escuchar claramente su llamado desesperado.

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