Con el revuelo que se armó en redes, hasta Adrián tendría problemas para hacer de las suyas.
Isidora accedió a representarlo gratis en la segunda audiencia, pero la verdad, las probabilidades de ganar eran mínimas.
Seguro ya estaba pensando en cómo zafarse, pero Adrián, con su traje y corbata, no era más que un sinvergüenza elegante, y a Isidora no le daba confianza rechazarlo de frente.
Sofía bajó la mirada. En cuestión de segundos, su cabeza dio varias vueltas pensando en todo.
—Señora.
Sofía levantó la voz y llamó a la niñera que estaba afuera.
Después de la escena de ayer, la niñera entró cabizbaja, evitando cruzar miradas con ella.
—Nadie debe tocar a Bea. Yo regreso pronto.
El tono de Sofía no tenía nada que ver con la amabilidad de siempre; ahora sonaba autoritaria y cortante.
La niñera asintió rápido, casi temblando.
Sofía dudó, volteó varias veces antes de salir por la puerta.
Aunque todo se había aclarado, prefirió no estar presente en la segunda audiencia para evitar malos entendidos. Sin embargo, ya que tenía un puesto en el Instituto de Investigación Galileo, debía asistir a la junta sobre los detalles de la audiencia.
Pidió un carro por la aplicación y salió de inmediato.
Con el juicio llegando a su final, Sofía decidió que, fuera del trabajo, dedicaría el resto del tiempo a estar con Bea todo lo posible.
El carro desapareció por la calle.
...
La niñera tomó a Bea en brazos; su mirada se oscureció, dejando ver sentimientos turbios.
Desde que despidieron a Brígida, ella había ocupado el puesto. La mayoría de los días se la pasaba tranquila, solo tenía que apurarse cuando el presidente Cárdenas llegaba a la casa o antes de dormir. Jamás imaginó que el presidente tuviera una esposa en la cárcel, que al salir traería consigo a una niña problemática. El trabajo se multiplicó y desde entonces no paraba de quejarse por dentro.
—¡Mala! ¡Mala!
La voz aguda de Bea rompió el silencio, gritando con fuerza.
Bea la miraba fijamente, agitando las manos en el aire, tratando de zafarse.
El terror se pintó en el rostro de la niñera, quien de inmediato asomó la cabeza para asegurarse de que nadie hubiera escuchado.
Al ver que los demás empleados no se acercaban, soltó un suspiro, pero sus manos no soltaron a Bea; al contrario, la apretó con rabia.
De pronto, la abrazó con fuerza, tapando la nariz y la boca de Bea contra su pecho.
—¡Déjate de cosas!
Los ojos de Bea se abrieron, enormes y llenos de pánico. Empezó a balbucear y a patalear, buscando aire.
La niñera, que hacía un momento fingía respeto, ahora mostraba una mirada oscura y cruel.
—Toc, toc—
El ruido inesperado en la puerta la hizo volver en sí de golpe. El mal humor en sus ojos se disipó un poco.
Rápido dejó a Bea en la cama y corrió a asegurar la puerta.
Se acercó al ojo mágico, y al ver que era Isidora, por fin se tranquilizó y la dejó entrar.
Le puso una sonrisa fingida.
—¡Señorita Isidora, qué gusto verla!
Isidora la miró de reojo, con el mentón en alto y una actitud arrogante.
—¿Dónde está la hija ilegítima?
...
—¿Quién hizo este desastre?
—¡Ay, ¿y la señora?!
—¡Señorita Isidora, ya voy!
...
Apenas Sofía llegó a la puerta, escuchó a través de la rendija varias voces apuradas y molestas.
En cuanto escuchó el nombre "Isidora", Sofía abrió los ojos de par en par y de una patada abrió la puerta.
El estruendo sacudió la casa, y Sofía se quedó con la mano en el picaporte.
—Se- señora...
La niñera temblaba, aterrada.
Sofía siempre volvía casi de noche, ¿qué hacía ahí tan temprano?
Cuando Sofía vio la escena, sintió que iba a desmayarse del coraje. Echó fuera a quien se le pusiera enfrente.
Al ver llegar a su madre, Bea dejó de vomitar, aunque empezó a llorar con más fuerza.
Sofía la abrazó, golpeando suavemente su espalda para calmarla, mientras miraba el piso con el corazón en la mano.
La alfombra persa estaba hecha un desastre, manchada de vómito hasta el piso de loseta.
En cuanto vio la mezcla de jugo blanco y grumos, Sofía supo que era el atole que le había dado a Bea antes de salir.
—¿¡Qué le hiciste a mi hija!?

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