Los ojos de Sofía se abrieron de par en par. Por poco y no tiró la puerta al entrar, acelerando el paso hasta irrumpir en la sala.
En el centro del cuarto, Isidora tenía a Bea en brazos.
El corazón de Sofía casi se detuvo de la sorpresa.
—¿¡Qué estás haciendo?!
Su voz retumbó fuerte y clara. En un par de zancadas, arrebató a Bea y la apretó contra su pecho, mirando a Isidora con una mezcla de miedo y desconfianza.
Pero justo esa reacción era lo que Isidora esperaba.
La sonrisa en sus labios se ensanchó.
—¿Por qué te pones tan nerviosa, Sofía?
—¿Cómo entraste aquí?
Sofía mantenía la mirada fija en Isidora mientras revisaba a Bea con rapidez, asegurándose de que todo estuviera bien. Solo entonces pudo respirar con alivio, aunque no dejó de observar a Isidora ni un segundo.
De repente, el rostro de Isidora cambió de la satisfacción a una expresión de aparente inocencia.
Corrió hacia donde estaba Santiago.
—¡Santi!
Santiago apenas volteó, aunque su atención seguía centrada en Sofía.
Esta vez, ella no lo ignoró como siempre, sino que lo miró con tal rabia que era imposible no notarlo, como si lo odiara con toda el alma.
A Santiago se le arrugaron las cejas.
—Santiago, haz lo que quieras con Isidora, pero ¿por qué permites que toque a Bea?
Sofía apretó los puños, lanzando la pregunta como un dardo.
Al oírla, Santiago dirigió la mirada hacia Isidora.
Isidora levantó las manos, aparentando total inocencia.
—Te equivocas, Sofía. La señora que cuida la casa fue a preparar la cena de Bea y yo solo quise ayudar. Bea está tan linda, ¿cómo no querer cargarla un ratito?
Su tono sonaba sincero y sus ojos brillaban.
Pero Sofía soltó una risa entrecortada.
—¿Qué, Santiago ya se quedó sin dinero? ¿O Villas del Monte Verde ya no puede pagarle a otro trabajador? ¿Por qué tienes que andar tú, la flamante futura señora Cárdenas, cuidando niños?
—Ya basta.
Santiago se frotó la frente, su voz sonó grave y pesada.
Solo con esas palabras, el ambiente se congeló. Nadie dijo nada. El silencio llenó la sala.
Isidora tragó saliva y guardó las palabras que iba a decir.
Sofía, en cambio, lo miró con una sonrisa sarcástica, sus ojos llenos de una furia tan punzante que Santiago sintió que le apretaban el pecho.
—Isidora solo quiso ayudar con Bea. No tienes por qué ponerte así.
El gesto de Sofía se endureció, pero al instante volvió a esa actitud burlona.
¿Y si no hubiera llegado a tiempo?
En su mirada se notaba el rencor, como si todo el hielo del mundo se hubiera colado en sus pupilas, aunque la vibra que soltaba era tan intensa que cualquiera se habría alejado.
Abrazaba a Bea con tal fuerza que parecía una madre águila protegiendo a su cría, lista para atacar.
—Mejor vete ya.
...
Al cerrar la puerta, Sofía dejó a Bea sobre la cama y la revisó de nuevo, con todo el cuidado del mundo.
No podía quitarse la desconfianza de encima.
—Toc, toc—
La señora que ayudaba en la casa tocó la puerta, trayendo la comida de Bea: una papilla de arroz.
Bea estaba creciendo rápido y ya empezaba a probar otros alimentos.
Sofía, con el ceño fruncido, le advirtió que no volviera a dejar a Bea con nadie más.
La señora, que nunca había visto a Sofía tan seria, solo pudo asentir varias veces, nerviosa.
Sofía no dijo más y la dejó ir.
—¿Mamá?
Justo cuando Sofía acercaba la cuchara a la boca de Bea, la niña la miró con sus ojos enormes y soltó una sonrisa, llamándola con claridad.
La mano de Sofía se detuvo en el aire, sorprendida y feliz al mismo tiempo.
Nunca imaginó escuchar a Bea decir “mamá” tan clarito. Hasta hace poco, apenas balbuceaba.
Al pensarlo, una punzada de tristeza le apretó el corazón.
De tanto trabajo, había descuidado el tiempo con su hija.
—Aquí estoy, mi amor.
Le contestó con dulzura, y volvió a darle su papilla, saboreando ese pequeño y precioso momento.

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