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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 286

Ese grito no solo hizo que todos voltearan a ver el espectáculo, sino que puso a Isidora bajo aún más miradas curiosas.

Sin otra opción, Isidora tragó saliva, dejó el orgullo a un lado y volvió a hablar con cortesía:

—Aunque no lograste el resultado que esperabas, tampoco perdiste nada. Mira, prometo defenderte gratis en la próxima audiencia. Mejor vamos a mi oficina a platicar qué sigue.

Adrián la miró de arriba abajo y se irguió de inmediato.

—Fue tu error desde el principio. Bastante bueno soy al no exigirte que pagues por tu falta. ¿Y todavía quieres defenderme gratis? No sé ni cómo te dieron el título de “mejor abogada”. ¡No estoy seguro de querer que sigas con el caso!

Sus palabras no dejaban espacio para la cortesía, haciendo que la cara de Isidora se tensara hasta volverse gris de rabia.

A su alrededor, las miradas de los curiosos la mantenían al borde.

La amabilidad se le fue de la cara, pero tampoco podía armar un escándalo ahí. Solo pudo apretar los labios y soltar, con dificultad:

—Entonces, ¿qué es lo que quieres?

Sus dedos se aferraron a la falda con fuerza, detalle que no pasó desapercibido para quien acababa de llegar.

Jaime Calleja se acercó con una sonrisa, interponiéndose entre Isidora y Adrián.

—¿A poco no es el señor Castillo? ¿Qué lo trae por las oficinas de Grupo Cárdenas?

Aunque su tono era suave y la sonrisa amplia, quienes lo conocían sabían que, tras pasar tanto tiempo al lado de Santiago Cárdenas, había adoptado algo de su energía imponente.

Adrián lo reconoció de inmediato y, aunque Jaime sonreía, entendió que no era un gesto amistoso.

De repente, lo invadió un sobresalto.

Grupo Cárdenas era territorio de Santiago, e Isidora era su consentida. Aunque en redes sociales se debatía si el presidente Cárdenas prefería a Isidora o a Sofía, Adrián no podía negar que los rumores de un romance entre Isidora y Santiago llevaban todo un año en boca de todos. Antes, nunca había pasado algo así.

El sudor le empapó la frente de golpe.

Pero, con tanta gente mirando, tenía que mantener la compostura.

Se aclaró la garganta.

—Entonces, vamos a tu oficina a conversar.

A Isidora le sorprendió la aparición y el respaldo de Jaime.

Pero enseguida pensó que seguro Santiago lo había mandado.

Al notar cómo la actitud de Adrián se suavizaba de golpe, una chispa de desprecio y burla cruzó por los ojos de Isidora, aunque en el rostro mantenía una sonrisa amable y cortés.

—Por aquí.

Jaime no los siguió. Se quedó firme y ordenó al resto:

—Regresen a sus lugares, nada de grabaciones ni fotos.

Su mirada recorrió la sala. Los empleados que grababan en secreto bajaron la cabeza y se pusieron a borrar pruebas.

Solo hasta que todo estuvo bajo control, Jaime tomó el elevador.

Adrián tenía fama de conflictivo y explosivo, así que, ¿por qué señorita Isidora había aceptado su caso?

Jaime frunció el ceño.

La señora volvía a ser centro de chismes, y el presidente Cárdenas le había encargado a Jaime que monitoreara las noticias. Apenas encendió la computadora, lo primero que vio fue el resultado del juicio que Isidora llevaba.

Supuso de inmediato que Adrián no tardaría en llegar a buscar pleito.

Así era él.

Quien se cruzara en su camino, salía perdiendo.

Jaime suspiró y dejó ese asunto atrás.

—¿Entonces a quién? Tenía pruebas sólidas, cualquier abogado habría ganado, pero contigo acabé perdiendo todo.

—¿Ves? Si las pruebas eran tan buenas, ¿cómo se explica este resultado?

La voz de Isidora era suave, casi hipnótica, como si quisiera sembrar la duda en Adrián.

Él, sin pensar, se terminó el agua y se limpió la boca de manera brusca.

—¿Qué más va a ser? Pues que tú no sabes ni lo que haces.

A Isidora se le borró la sonrisa y se le endureció el gesto.

Pero recordó su plan y volvió a forzar una sonrisa.

—Quizá... fue Sofía y su gente quienes movieron hilos.

Isidora se acercó aún más a Adrián.

Apenas lo dijo, Adrián abrió los ojos como platos y la miró de frente, directo a los ojos llenos de malicia de Isidora.

—¿Cómo?

Al ver que Adrián caía en la trampa, la sonrisa de Isidora se hizo más grande.

—No tienes idea. Normalmente, el juez, las partes y los abogados no deben tener conexiones, pero Sofía y el juez del último juicio se conocen muy bien.

Los ojos de Adrián se abrieron aún más con cada palabra de Isidora.

—¿Me estás diciendo que...?

Ambos se miraron, uno impactado, la otra llena de intención.

—¡Con que así era!

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