No hay que dejar que la gente que no te soporta viva tan a gusto.
Sofía tomó de un solo trago su taza y soltó un suspiro de satisfacción.
—Muy buen mate.
Pablo se emocionó todavía más.
—¿Verdad que sí? ¡Échate otro, ándale!
Sin esperar respuesta, volvió a llenarle la taza.
Sofía, como si nada, se la bebió de un solo golpe.
Después de dos rondas, el termo quedó vacío.
Pablo se lo metió en las manos a su asistente.
—Anda, ve a prepararme otro, que todavía quiero más.
Dicho esto, jaló a Sofía de regreso al escritorio sin mirar atrás.
La asistente se quedó tiesa con la charola apretada entre las manos.
Marcos, al notarla paralizada, arrugó la frente.
—¿Y tú qué haces ahí parada? ¿O quieres que vaya yo?
La asistente bajó la cabeza, mordiéndose los labios para aguantar el coraje, y se fue en silencio.
Marcos desvió la mirada y la posó en Sofía.
Justo en ese momento, ella levantó la vista y lo miró directo, con un brillo travieso en los ojos, sin molestarse en ocultarlo.
Marcos negó con la cabeza y sonrió, con una paciencia infinita.
Al bajar la mirada, ocultó la expresión compleja que se le asomó en los ojos.
Después de tantos años en el mundo del poder y los negocios, ya había aprendido a detectar reacciones y actitudes extrañas.
Claro, la gente del instituto no había sido seleccionada por él, así que mientras no cometieran errores graves, no tenía motivos para correrlos.
Sofía y Pablo se pusieron a repasar todos los detalles del proceso de defensa, hasta que casi se les hizo tarde.
La asistente volvió a tocar la puerta.
—Pasa.
El mate que había preparado llevaba casi dos horas ahí.
La cara de la asistente reflejaba un resentimiento más grande que el de un fantasma.
—Me voy al tribunal, cuando regrese caliéntame otro.
Pablo agitó la mano, y salió junto a Sofía.
La asistente temblaba de la rabia, apenas logrando mantenerse de pie.
Marcos salió tras ellos, le dio una última mirada y después se concentró en lo suyo.
...
El caso se llevaría a cabo en el Tribunal Central Olivetto.
Sofía subió de nuevo las escaleras que conocía de memoria, con una mezcla de emociones imposible de poner en palabras.
Cuando era la abogada estrella, la más temida en Villas del Monte Verde y en Grupo Cárdenas, ese tribunal era casi como su segunda casa.
Recordaba perfectamente el ladrillo agrietado junto a la entrada.
Aunque solo había pasado un año, sentía que era otra vida.
Sus emociones se arremolinaron y avanzó, escalón por escalón, hasta llegar a lo más alto, donde colgaba el escudo nacional.
El corazón de Sofía volvió a acelerarse, una energía intensa la recorrió de pies a cabeza.
—¿Sofía?
Sofía se sentó con la espalda recta, con una expresión entre divertida y desafiante, lo que aumentó la presión sobre Isidora.
—Yo... soy la abogada de Adrián Castillo, la parte demandante. Isidora.
Isidora se puso de pie para cumplir con el protocolo.
Su tono, algo tembloroso, hizo que su maestra la mirara de reojo, notando el nerviosismo.
—¿Qué pasa?
Apenas se sentó, la voz de su maestra, ya mayor, sonó en un susurro.
Isidora apretó los labios.
—No esperaba que la contraparte trajera a Sofía.
—¿Y eso qué?
La maestra soltó una risita desdeñosa.
Ese tono la ayudó a recuperar un poco la confianza.
En ese momento, Pablo se puso de pie.
—Yo soy el abogado defensor de Marcos, Pablo.
Al escuchar esto, Isidora respiró aliviada.
Así que Sofía solo venía de acompañante.
Pero la maestra no le quitó los ojos de encima a Pablo, analizándolo con atención.
Pablo le sostuvo la mirada, y el aire entre ambos se volvió tenso; parecía que hasta saltaban chispas.
El juez golpeó la mesa y anunció el inicio de la audiencia.
—Este caso trata sobre una disputa de derechos entre el demandante Adrián y el acusado Marcos. Según la demanda y las pruebas, el demandante alega que en el comunicado más reciente del instituto del acusado se violaron sus derechos legítimos.

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