Santiago apretó los labios y, en completo silencio, se alejó rodeado por su séquito de guardaespaldas.
Solo entonces, Yolanda se animó a acercarse con sumo cuidado. Miró de reojo la silueta del hombre que se marchaba, visiblemente inquieta.
—Isi, el presidente Cárdenas…
Isidora sentía como si tuviera un agujero en el pecho; la sensación de vacío y miedo se expandía dentro de ella sin control. Aun así, tragó saliva y forzó una respuesta.
—No pasa nada… de verdad, no pasa nada… Santi solo se molestó por Sofía, pero en cuanto se le pase el coraje…
Hablaba en voz baja, casi como si se lo dijera a Yolanda, pero en realidad intentaba convencerse a sí misma.
Yolanda no respondió. Su mirada se posó en Isidora, y aunque no dijo nada, se le notaba la preocupación en el ceño.
De pronto, el sonido de una notificación retumbó en el ambiente vacío.
—¡Ding!—
Isidora revisó su celular. Al ver el nombre "Santiago" en la pantalla, sus ojos se iluminaron.
Recuperó la sonrisa al instante y, emocionada, le mostró el teléfono a Yolanda.
—¿Ves? Te lo dije, ¡Santi me acaba de mandar mensaje!
Desbloqueó la pantalla y, al leer el contenido, su sonrisa se ensanchó todavía más.
—Dice que va a asistir al evento de caridad que organizó la empresa, ¡y que quiere que yo lo acompañe al orfanato!
Yolanda, al escucharla, también se animó y le siguió el juego.
—¿De veras? ¡Mira nada más! Tal como me lo dijiste, Isi: el presidente Cárdenas siempre viene a buscarte cuando se le pasa el enojo. Esa tal Sofía, la verdad, solo puede afectarle un rato, pero al final él siempre vuelve contigo.
Isidora, escuchando los halagos, enderezó la espalda con aires de superioridad.
...
Mientras tanto, Santiago iba sentado en el asiento trasero del carro, con el rostro sombrío.
A su lado, Jaime no pudo evitar limpiarse el sudor de la frente.
Aprovechando el retrovisor, Jaime le echó un vistazo cauteloso.
—Presidente Cárdenas, ¿de verdad quiere hacerlo así?
Jaime también había estado presente en la escena anterior. Se había encargado de organizar a la gente y de revisar que nadie estuviera grabando con el celular. Por eso, había observado la situación y tenía una idea bastante clara de lo que había ocurrido.
Sin embargo, dentro de sí, Jaime murmuraba.
Quizá, por viejas costumbres, la señora todavía sentía algo por el presidente Cárdenas. Pero después de todo lo que había pasado, él mismo pensaba que, de estar en su lugar, ya no tendría esperanzas.
Aun así, su jefe parecía más involucrado que nunca con la señora.
Eso, Jaime no lo entendía.
Jaime, en silencio, seguía dándole vueltas al asunto.
—Ajá —respondió Santiago, apretando el puño con fuerza.
Recordaba los primeros días de su matrimonio con Sofía. Cada vez que algún rumor de la empresa llegaba a oídos de ella, Sofía buscaba la manera de preguntarle con rodeos. En ese entonces, aunque le tenía cierto cariño por el simple hecho de haberse casado, su actitud hacia ella seguía siendo dura, todo por el resentimiento de haber sido forzado al matrimonio.
Sofía, por su parte, siempre reaccionaba como un animalito asustado, pero aun así nunca se daba por vencida y volvía a intentarlo después.
Quizá porque ahora era madre, ese tema la tocaba profundamente.
Solo de imaginar a Bea creciendo sola en un orfanato, sentía que se le llenaban los ojos de lágrimas.
Ella misma se crió con su abuela, prácticamente sin el amor de sus padres. Su abuela le dio todo su cariño y cuidado, pero aun así, la mayor parte de su infancia estuvo marcada por la tristeza.
Y los niños abandonados ni siquiera tenían eso.
—Por supuesto que sí.
Asintió con fuerza, convencida.
Antonio y Liam intercambiaron una mirada. Antonio, con aire de triunfo, levantó las cejas.
Liam, mientras tanto, bajó la mirada hacia la pantalla de su celular, donde se veía claramente su conversación con Antonio.
[Antonio: Ahora que Sofía tiene hija, lo primero en lo que piensa una mamá divorciada es cómo trataría el próximo esposo a su hija. ¡Tienes que mostrarle cuánto te importan los niños!]
[Liam: ¿Y cómo hago eso?]
[Antonio: Dona al orfanato, ve a cuidar niños… Haz que Sofía vea que eres alguien en quien puede confiar.]
Liam seguía dudando, pero cada vez que veía la manera en que Sofía miraba a Bea, comprendía que valía la pena intentarlo.
Por eso, en cuanto mencionó la donación al orfanato, no quitó los ojos de la cara de Sofía, atento a cada cambio en su expresión.
Notó tristeza, compasión… y también un atisbo de esperanza.
Quizá su hermano no era tan malo dando consejos como pensaba.

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