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El Valiente Renacer de una Madre Soltera romance Capítulo 253

Sus labios pronunciaron el nombre “Santiago” con cada sílaba marcada, dejando cada palabra suspendida en el aire.

La reacción de Santiago no pasó desapercibida; en sus ojos se encendió una chispa de desconcierto.

Sin perder tiempo, Sofía dio media vuelta y se marchó con pasos firmes.

La blancura impecable de su vestido se desvaneció en la oscuridad de la noche, pero el borde rojo, como si ardiera, latía a cada paso, dejando tras de sí una estela de rebeldía y vida indomable.

Santiago sintió un nudo en la garganta, el pecho apretado por la rabia contenida mientras sus ojos seguían, tercos y obsesivos, la figura de Sofía alejándose. Sus manos se cerraron hasta dejar los nudillos pálidos.

La imagen de Sofía, devastada hace un año, volvió a él como un mal sueño.

Aquel día, bajo una llovizna persistente, la tristeza de ella se le había quedado grabada en lo más hondo.

En ese momento, el celular de Santiago vibró con una llamada de Jaime.

—Presidente Cárdenas, la señorita Isidora ya despertó. Además, ¿quiere que de inmediato organicemos una revisión del caso de la señora de hace un año, como mencionó antes? ¿Necesita que…?

Al oír el nombre de Isidora, Santiago frunció el entrecejo, y cuando Jaime terminó de hablar, su semblante se volvió tan duro como una montaña.

Entrecerró los ojos, una inquietud le recorría el pecho.

Al juntar todas las reacciones de Sofía, el caso de hace un año le parecía aún más envuelto en misterio.

No es que hubiera dejado de creer por completo… incluso…

Santiago tragó saliva, su mirada se fue calmando al ritmo de los latidos de su corazón.

Apretó el puño con fuerza.

Más que soportar la furia de Sofía, lo que de verdad lo desquiciaba era esa posibilidad, cada vez más cercana, de haber estado equivocado.

Si hace un año había acusado injustamente a Sofía…

No se atrevía ni a pensarlo.

Retrocedió unos pasos, hasta que el respaldo del sofá lo sostuvo. Durante todos esos días había tratado de averiguar cómo había sido la vida de Sofía el año anterior, pero cada dato parecía estar cuidadosamente oculto. Aun así, logró enterarse de que en la cárcel las condiciones eran terribles, y que Sofía había sido víctima constante de abusos.

Un escalofrío le recorrió la espalda.

Si de verdad Sofía no había sido la culpable de robar los documentos, entonces él, que la había mandado a prisión con sus propias manos, era el verdugo más cruel.

—¿Presidente Cárdenas? ¿Presidente Cárdenas?

El silencio prolongado al otro lado de la línea hizo que Jaime pensara que la llamada se había cortado, pero al ver el tiempo corriendo en la pantalla, insistió, incluso alcanzando a oír de fondo la voz quebrada de Isidora.

—No.

Santiago apretó el celular hasta que los dedos se le pusieron blancos.

Apretó los labios, como si finalmente hubiera tomado una decisión:

—No es necesario investigar nada.

Jaime no esperaba esa respuesta. Tardó unos segundos en reaccionar, pensando que quizá había entendido mal.

Ese pequeño momento de debilidad era una espina clavada en su corazón.

Desde que salió de la cárcel, se había repetido una y otra vez que no debía ilusionarse con nadie, pero solo un cambio sutil en Santiago y ya estaba de vuelta, convertida en esa pobre mujer que aún soñaba con algo mejor.

Apretó los dientes, golpeando suavemente su pecho, castigándose por su flaqueza.

—¡Waah, waah!—

Bea, en la cama, comenzó a llorar inquieta.

Sofía, con el corazón hecho trizas, corrió a abrazar a su hija. Bea se calmó al sentir el calor de su madre, pero la miró con esos ojitos redondos y llenos de tristeza, tan frágil que partía el alma.

Sofía pensó que quizá había asustado a Bea con sus movimientos bruscos, así que suavizó la voz y le susurró con ternura:

—Tranquila, Bea, aquí estoy, mi amor.

Pero, a diferencia de otras veces, Bea no se calmó al instante. Con el ceño fruncido y la carita llena de pesar, estiró su manita y la puso sobre el pecho de Sofía, como si quisiera consolarla.

El gesto dejó a Sofía sin palabras, los ojos al borde de las lágrimas.

Había pasado tanta soledad en Olivetto, creyendo que no tenía a nadie, cargando el mundo sola. Pero ahora, con Bea en sus brazos, finalmente sentía que pertenecía a algún lugar.

Apretó a Bea, aspirando el aroma dulce de la niña, y poco a poco, la tormenta en su interior se fue apaciguando.

Bea, al notar la paz en su madre, le sonrió con una alegría contagiosa.

Sofía se dispuso a recostarla en la cama, pero justo cuando levantó la pierna, su celular vibró en el bolsillo.

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