—Natalia, por fin regresaste.
Apenas Natalia dejó sus maletas en la sala, echó un vistazo a su alrededor, pero no vio a su papá por ningún lado.
Bianca, su mamá, le dio un pequeño golpecito en la frente.
—Deja de buscar, tu papá se fue con tu abuelo.
—¿Ya te dio miedo regresar? —añadió con una sonrisa pícara.
Natalia se colgó del brazo de su mamá, apretándola con cariño.
—Mamá, ya los extrañaba mucho.
—¿Y mi hermano? ¿Sigue en la oficina y no ha regresado?
—Tú sabes cómo es, adicto al trabajo. —Bianca suspiró.
Apenas había terminado de decirlo, cuando Orlando Chávez entró por la puerta. Al ver a su hermana, se detuvo en seco, sorprendido.
—¡Hermano! ¿A poco no te doy la sorpresa del año?
Orlando abrió los brazos y recibió a Natalia con un abrazo apretado.
—Natalia, por fin te dignaste a venir a casa.
A Natalia se le humedecieron los ojos y bajó la cabeza, medio riendo y medio llorando.
—Ya sé que antes era bastante caprichosa, ¿verdad? Se me acabó mi etapa de “gran estrella”, ahora regreso a la casa, bien portadita.
Desde niña, Natalia había estado más unida a Orlando que a nadie. Cuando se metía en líos, era él quien la sacaba del apuro. Por eso, confiaba en su hermano más que en cualquier otra persona. Y nadie la entendía como él.
—¿Allá te hicieron pasar un mal rato? —preguntó Orlando, con la voz llena de preocupación.
Natalia se limpió discretamente unas lágrimas.
—¿A poco crees que tu hermana es tan inútil? No fue para tanto, no te preocupes.
Pero por dentro, sabía muy bien que había huido. En lo profesional y en lo sentimental, sentía que todo le había salido mal.
—Mamá, ¿puedes prepararme algo de comer? Extrañé mucho tu sazón.
Bianca sonrió, enternecida.
—Claro, hoy yo misma me encargo de la comida.
La sala quedó en silencio, solo con Orlando y Natalia sentados uno junto al otro.
—A ver, dime la neta. ¿Qué pasó? Nos pediste que te diéramos unos años para intentar allá, toda la familia te apoyó y te dejamos ir sin ningún problema. Pero el trato era que no ibas a recibir ayuda de la casa. Todavía faltan dos meses para que se cumpla el plazo y ya regresaste… ¿no será que te pasó algo?
Natalia se encogió de hombros. Su hermano la conocía demasiado bien.
Incluso después de ponerse de acuerdo, Natalia puso sus propias condiciones: llamaría a casa de vez en cuando, pero no quería que la estuvieran vigilando. Si pedía libertad, tenía que ser libertad de verdad. Así que, aunque las cosas allá se pusieran difíciles, nunca pidió ayuda.
En ese país, nadie sabía que Natalia venía de una familia acomodada. Ni siquiera Lucas Pacheco tenía idea.
Pero solo de pensar que su hermana había sufrido, Orlando sentía un coraje tremendo.
—Hermano, la verdad es que allá todo depende del dinero y los contactos. Si no tienes capital detrás, es imposible sobresalir. Yo no pude avanzar, así que mejor decidí regresar.
—¿De veras? —Orlando entrecerró los ojos, sin convencerse.
Natalia suspiró, rendida.
—Está bien, también conocí a alguien. Fuimos novios, terminamos mal… y además mi carrera no despegó. Por eso preferí regresar.
—¿Novio? ¿De dónde era? ¿Cómo era? ¿Te trató mal? ¿Te engañó? —Orlando disparó las preguntas, serio.


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