Carolina fue a platicar con el señor Ulises para decirle que Mauro quería venir, y él se puso especialmente contento.
Incluso elevó el nivel del restaurante, eligiendo uno más elegante de lo habitual.
Verónica no pudo evitar suspirar.
—Vaya, parece que ahora sí nuestro jefe se está luciendo. Solo estas mesas ya deben costar un dineral.
Hugo bufó con desdén.
—¿Eso es mucho para él? Ese viejo zorro siempre sabe lo que hace.
Mauro les avisó que llegaría un poco tarde y que empezaran a comer sin él.
Ulises, en un principio, pensó esperar a que llegara Mauro para comenzar, pero después recapacitó. Si lo hacía tan obvio, hasta pondría en una situación incómoda a Carolina.
Carolina se sentó junto a Verónica. Como Enzo era su asistente, él se acomodó a su lado también.
Hugo y los demás, por supuesto, se sentaron cerca del jefe.
Carolina pensó en guardar un sitio para Mauro, pero le dio pena decirlo en voz alta. Así que, después de pensarlo un momento, le pidió a su amiga Verónica que, cuando llegara Mauro, se moviera un lugar para sentarse junto a Fabián.
[Mauro: Ya llegué, ¿en qué número de salón están?]
Carolina se levantó de inmediato.
—Verónica, muévete un lugar hacia Fabián, ya llegó mi marido.
Todos sabían perfectamente quién era el esposo de Carolina.
—Ah, claro, no pasa nada —respondió Verónica sin darle importancia.
Enzo, con una mirada que brilló un instante, preguntó:
—Verónica, ¿el que viene es el esposo de Carolina?
—Sí, sí —respondió Verónica, quitándose el asunto de encima.
Carolina apenas había doblado la esquina, cuando vio a un hombre acercándose vestido con una camisa negra.
Cuando Mauro usaba traje, se veía elegante y refinado. Pero cuando solo llevaba puesta esa camisa negra, especialmente con los botones sueltos hasta el pecho, tenía un aire reservado y atractivo que atraía todas las miradas.
Aprovechando que nadie los veía, Carolina se acercó sin vergüenza y le dio una palmada juguetona en el trasero.
—¿Y ahora, a quién quieres conquistar con ese look tan guapo?
Mauro tragó saliva, con la mirada encendida, y le apretó el lóbulo de la oreja.
—Con que te tenga a ti, me doy por bien servido.
Carolina lo tomó del brazo y regresaron juntos al salón. Apenas entraron, todos se pusieron de pie.
—¡Señor Loza!
Mauro saludó con la mano.
—Siéntense, siéntense, perdón por llegar así, hoy vengo de colado a la comida.

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