Carolina se sentía tan mareada que ni fuerzas tenía para contestar el teléfono.
Su compañera de cuarto, preocupada, ya iba a llamar una ambulancia para llevarla al hospital cuando vio que el celular de Carolina, sobre la cama, se iluminó.
En la pantalla aparecía guardado como “esposo”.
La amiga dudó un instante, pero terminó contestando:
—¿Hola? ¿Eres el esposo de Carolina? Ella está enferma, lleva varios días con fiebre por una infección viral. Estaba a punto de llamar una ambulancia.
El corazón de Mauro dio un vuelco.
—¿Está enferma? ¿Cómo que está enferma?
Pero en cuanto pensó en lo inútil que sonaba su reclamo, cambió de tono al instante.
—Perdón, me alteré. ¿Podrías ayudarla y pedir una ambulancia, por favor?
—Mañana mismo viajo para allá.
La compañera de Carolina no ocultó la sorpresa. En estos seis meses nunca había visto al esposo de su amiga, y no se imaginaba que fuera tan atento.
—Claro, no hay problema. ¿Conoces la dirección?
—Sí, la sé. Muchas gracias.
...
En pleno Año Nuevo, Kevin recibió la llamada de su jefe.
No quería contestar, pero no tuvo de otra.
—¿Sí, señor Loza?
—Arréglame todo para salir del país de inmediato. Hoy te pagaré cinco veces tu salario por las molestias. Y localiza al mejor médico allá, que lo manden a ver a mi esposa. Tiene una infección viral y la fiebre no baja. ¡Que se apuren!
Kevin, que al principio mascullaba sus quejas, cambió de actitud en un segundo al escuchar lo del salario multiplicado por cinco.
—Entendido, señor Loza. Me encargo de todo enseguida.
Mauro, con el ceño fruncido, juró que en cuanto llegara iba a darle una lección.
¡Enferma y ni siquiera le avisó!
Definitivamente merecía un regaño.
...
Carolina oía confusa el pitido de varias máquinas. Cuando por fin abrió los ojos, el resplandor blanco del techo le confirmó que estaba en el hospital.
Seguro su compañera la había traído, pensó.
No sabía cuánto tiempo había dormido ni dónde estaba su celular. Justo cuando intentaba recordarlo, la puerta de la habitación se abrió de golpe y Carolina sintió que el corazón se le encogía.
¿Su esposo estaba ahí?
¿Sería una alucinación?
Parpadeó varias veces, temerosa de que, al cerrar los ojos, el hombre frente a ella desapareciera.
—¿Por qué tardaste tanto en venir? Te extrañé muchísimo… Dime la verdad, ¿alguna chica allá te estuvo coqueteando?
Mauro negó con la cabeza y, con suavidad, le tomó la cara y le dio un beso ligero.
—No digas tonterías.
—Desde el principio hasta ahora, la única que me ha robado el corazón eres tú.
—Ya, no llores. No sé qué hacer contigo. El doctor dice que tienes las defensas bajas y por eso te dio esa infección. Descansa estos días y, cuando estés mejor, vuelves a clases. ¿Me escuchaste?
—Sí, sí… —sollozó Carolina, limpiándose las lágrimas.
—Tienes talento, eh. En medio año lograste que todo el peso que con tanto esfuerzo te ayudé a subir, se esfumara.
Carolina, entre lágrimas y risas, replicó:
—Bajé de la cintura y las piernas, pero el pecho sigue igual.
Mauro no pudo evitar reír.
El ambiente había cambiado por completo.
Le pidió que intentara dormir un poco más, pero Carolina no soltó su mano.
—Si me duermo, ¿te vas a ir?
Mauro, con una sonrisa tierna, le acarició la cabeza.
—No me voy a ir. Aquí estaré cuando despiertes.

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